Ethel Cain o Addison Rae amplían con éxito la paleta sonora de un festival que vivió una jornada sin sobresaltos
Los festivales musicales, los festivales en general, son un reflejo de la vida, una manada de estímulos en constante sucesión ante un público que solo tiene que decidir qué se lleva a su particular consumo. Como en botica, se decía antes, hay de todo, y la segunda jornada completa del Primavera Sound, primera sin aprensiones meteorológicas, fue una clara prueba de ello, no tanto por cantidad, que también, como por colorido. La oscuridad y la penumbra de The Cure se alzó majestuosa como una nube de tensión que los años, lejos de deshacer, parece alimentar. En las antípodas, el colorismo ligero y en tonos pastel de Addison Rae, hija de las redes, un claro contraste con la densidad gótica de Ethel Cain, también algo brumosa y de caminar mucho más pausado, ajeno a la velocidad digital. Estos fueron los nombres que se impusieron en los escenarios principales, giros estilísticos que en la periferia acompañaron propuestas como la también oscura de Mark Williams Lewis en el Auditori o el sonido pop tropicalizado de Buscabulla, uno de los escasos acentos latinos del festival.
Comenzando por el final cabe destacar la permanencia de The Cure como referente al que la polilla no carcome. La voz de Robert Smith permanece casi incólume en un gesto de orgullo, igual que el sonido de una banda que no por majestuoso se vuelve sólo llamativo. Tinturas oscuras, soberbio sostén de un bajo que construye melodía por debajo de teclados y guitarra que hacen de la bruma material flotante cosido por la batería. Todo encaja, incluso el enfoque pop alegre contrapesado por esa voz que en Smith es un lamento no depresivo, sino una luz entre tanta niebla. The Cure viene sonando así desde hace décadas, y esta construcción casi catedralicia no se tambalea. Baste ver cómo comenzó, Alone, una canción de apenas dos años de su excelente último disco, más tarde recuperado con Endsong, y cómo concluyó, con una ristra de temas oscuramente alegres que se mostraron patrimonio de una multitud seducida por el perfil pop del grupo que cerró pase con 9 bises rematados con Boys Don’t Cry. Entre ambas un repaso a una discografía inagotable que no por repetir sentido y orientación redunda, una instantánea de 29 fotografías en blanco y negro para una banda que ya es historia que no se escucha como las batallas del abuelito que nos cuenta aquellos iniciales años del post-punk, de los sonidos góticos y de la new wave.











