Son Bad Bunny, Santiago Abascal, Oriol Junqueras, Donald Trump, Lluís Llach y Emmanuel Macron nacionalistas? Las palabras, en política, las carga el diablo y, si es posible defender que sí en casos tan distintos, convendrán en que el término resulta ultrapolisémico. Ya nos advirtió Orwell que se utilizaban vocablos para defender todo lo contrario de su sentido original, y que la misma democracia podía servir a regímenes opresores para manipular a su población bajo una apariencia (o no) de bondad. Recordemos, por ejemplo, que, en tiempos de la guerra fría, la Alemania comunista era la república democrática mientras que la liberal se denominaba simplemente república federal (una cosa era más cierta que otra). Nacho VeraBad Bunny, el cantante más escuchado del mundo (hoy no hablamos de calidad musical), anima a su público a exhibir la bandera de Puerto Rico: “No, no suelte’ la bandera ni olvide’ el lelolai” (expresión de sus cantos populares) como resistencia frente a una homogeneización cultural anglófila y gentrificadora ya “que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái”.Bad Bunny anima a su público a exhibir la bandera de Puerto RicoResulta difícil no empatizar con esta alegre defensa de la cultura propia. Pero ¿es el mismo sentimiento el que mueve al jangueo portorriqueño y el que levanta la enorme bandera española de la madrileña plaza de Colón? A todo le llaman nacionalismo pero el imperialismo de Putin, el expansionismo de Trump hacia Canadá, la llamada “prioridad nacional” de Vox o el Brexit no me parecen derivadas naturales del amor a aquello que te resulta próximo. Cuando el natural sentido de pertenencia muta en un sentimiento de superioridad y “en una pulsión agresiva que busca enemigos” –por utilizar palabras de Manuel Arias Maldonado en La pulsión nacionalista, un breve ensayo muy recomendable (incluso aunque se discrepe de él)–, debemos preocuparnos seriamente. Arias Maldonado señala el punto clave al alertarnos de los potentes nacionalismos hoy en boga que atacan los cimientos de la democracia liberal y la sociedad abierta de modo comparable al discurso de los fanatismos religiosos. Y que olvidan –como ya vio Amin Maalouf– que hoy nuestras identidades personales son múltiples, cambiantes y no monolíticas.Trump no quiere que el español sea oficial en EE.UU. y Ayuso reivindica a Hernán Cortés mientras el Nobel Coetzee denuncia los genocidios indígenas que realizaron los gobiernos latinoamericanos ya independizados de España. Los que osan criticar tales cosas reciben, como en el Julio César de Shakespeare, la admonición: “¿Quién hay aquí tan vil que no ame a su patria?”.Redactor jefe de Cultura. Autor de libros como 'Aquellos años del boom' o 'Planeta Nobel'. Autor de varios documentales de temas literarios