Para la derecha española, la nación puede importar mucho, pero a la hora de la verdad, lo que importa no es la nación, sino la clase
Si Santiago Abascal fuese el presidente del Gobierno de España, y la cumbre Shield of the Americas fuera, no solo americana, sino iberoamericana, y Donald Trump lo hubiese invitado a acudir junto a Nayib Bukele, Javier Milei o José Antonio Kast, Abascal —no cabe duda— habría ido. Y allá habría estado cuando Marco Rubio pidió pe...
rmiso a Trump para hablar en español, y cuando Trump dijo: “No voy a aprender vuestro maldito idioma”, y otros comentarios jocosos y despreciativos de emperador hablando para sus sátrapas bananeros, como cuando el secretario de Guerra, Pete Hegseth, dijo “yo solo hablo estadounidense” (“I only speak American”). Y se hubiera reído, y hubiera aplaudido, como todos los demás. Habría llegado allí impulsado por los votos de un pujante movimiento ultranacionalista que venera al almirante Blas de Lezo, que se dice que decía que meaba siempre mirando hacia Inglaterra; que pregona que el Imperio español fue generador, civilizador de indios, y el inglés, depredador, genocida; que vocea a todas horas y en todos los soportes que puede su indignación furiosa contra la leyenda negra antiespañola, anglosajonamente pergeñada. Pero habría aplaudido, sí, y se habría reído con las gracietas del Nerón de la Casa Blanca, renombrador de golfos, borrador de la herencia hispana de esos Estados Unidos que Álvar Núñez Cabeza de Vaca ya estaba explorando un siglo antes de que los puritanos del Mayflower pusieran un dedo gordo del pie en las playas de Massachusetts. Porque así de paradójicas son las cosas de la ideología, de cualquier ideología.






