Getty ImagesAurora J. (26 años, Madrid) no tiene ni idea de qué hizo la madrugada del 9 de mayo de 2021. Como la mayoría de su generación, guarda una sucesión de recuerdos bastante borrosa y desordenada de esa época. Afortunadamente, conserva un testigo fiel: su móvil. Para averiguarlo, entra al grupo de whatsapp de sus amigos y desliza hasta encontrar la conversación de aquel día. “Acaba el toque de queda y hay que celebrar”. “¿Tú tienes casa libre o te apetece ponerla?”. “Quedamos en el Oliver’s. Dile a Gonzalo que se traiga a los de la resi”.“¡Estoy flipando! Fue una noche insane. En esa época éramos medio alcohólicos”, recuerda. Empezaron a las cinco de la tarde atiborrandose a cervezas rusas de alta graduación en su bar de confianza. Después corrieron, como de costumbre, a refugiarse del toque de queda en la casa familiar de uno de ellos. Allí organizaban fiestas clandestinas que excedían todas las regulaciones. Juntaron a más gente de lo habitual y esperaron a que llegaran las 12. Esa noche acababa el estado de alarma después de casi un año y medio y querían salir a la calle a celebrar que eran libres para pisarla de noche.El paseo nocturno acabó desastrosamente: se encontraron con otro grupo que gritaba proclamas negacionistas, casi llegan a las manos y decidieron no acercarse al centro y volver a casa. Pero fue casi mejor. Esa noche, miles de jóvenes llenaron con macrofiestas las plazas de las principales ciudades para intentar poner punto y final al limbo en el que habían quedado suspendidas su vidas. La policía intervino y se registraron cientos de denuncias, multas e incluso detenciones. En ese momento, el riesgo de contagio seguía siendo alto y a los jóvenes les volvió a caer el sambenito de irresponsables.A diferencia de los niños, los adultos y por supuesto los ancianos, si se hablaba de jóvenes siempre se hacía en estos términos. En principio eran los menos afectados y, por lo tanto, los menos sensibilizados con el problema. Pero detrás del estigma de malcriados contagiadores había toda una generación marcada por haber vivido el paso a la adultez encerrados en su habitación, y que se moría por aprovechar como fuera lo que les quedaba de adolescencia. Cinco años después de aquel polémico 9 de mayo —para unos, el canto desesperado de una juventud olvidada; para otros, una razón más para seguir—, cabe, por tanto, preguntarse: ¿qué efectos dejó la pandemia en todos ellos? Es decir, ¿existe una generación covid? Carles Freixa, catedrático de antropología social en la Universitat Pompeu Fabra, prefiere hablar de “generación viral”. El término agrupa las tres viralidades a la que estuvieron expuestos: la pandemia sanitaria; la infodemia, o sobreinformación en las redes sociales, y la sindemia, concepto utilizado para estudiar los efectos psicológicos y sociales del virus en las desigualdades ya existentes. Pero para poder hablar de una verdadera generación, explica, hace falta que se cumplan dos condiciones: un hecho que marque a los que están llegando a la mayoría de edad en ese momento y una posterior toma de conciencia colectiva.“Hay días que por la mañana voy al gimnasio solo, hago la compra por las cajas de autopago, llego a mi casa y estoy con mi gata. Mis únicas interacciones son online. Por eso para mí las redes, además de trabajo, son la única forma de que se me vea. Realmente soy invisible en el mundo real”Mau Arjona, 27 añosHistóricamente ese hito solía coincidir con guerras o revoluciones, pero las grandes catástrofes también pueden tener el mismo efecto. Sobre todo porque el covid obligó a los jóvenes a retomar una tradición de civilizaciones tan antiguas como los espartanos y los aztecas: vivir el rito del paso a la edad adulta en completo aislamiento. “Vivíamos en sociedades con ritos muy superficiales, las típicas graduaciones americanas. Pero no se interiorizaban, porque el rito implica celebración, pero también sufrimiento”, añade Freixa que, con la ayuda de su hija Xao, documentó el nacimiento de esta generación en Adolecentes confinad@s (NED Ediciones, 2020). Cada jóven, cada habitación, vivió su propio rito, pero: ¿es posible encontrar rasgos comunes en todas esas soledades? ¿Han interiorizado esa conciencia generacional?“La mascarilla me salvó la vida”, confiesa Aurora J. Aquel 9 de mayo estaba eufórica porque le quedaba poco para conseguir al fin sus hormonas. La pandemia había ralentizado el trámite, pero el desconfinamiento le permitió vivir su transición mucho más tranquila. “Era un ambiente muy bueno. Sentía que, como yo, todos volvían a aprender a socializar y la mascarilla me tapaba las rojeces del láser en la cara”, añade. En 2023, cuando se inscribió en el registro con la nueva ley trans, comprobó que no era la única: “Había muchos jóvenes y la mayoría salimos del armario con el covid, fue un boom”. Para otros, sin embargo, esta pausa se convirtió en una condena. “Ahora soy muy tímida, perdí mucha práctica en socializar”, reconoce Lucía S. (24 años, Madrid). Al empezar Psicología, se dio cuenta de que era la única que respetaba las restricciones y no estableció ningún vínculo fuerte. “Sentía que estaba en pausa. Nunca sabré cómo es la etapa universitaria”, añade. Lo mismo sentía Paula H. (28 años, Valencia), que vivió la muerte de sus dos abuelos en un mes. Había decidido dejar de estudiar y, por miedo a contagiarse, pasaba casi todo el día en casa. “La gente te espera durante un tiempo, pero luego se van. Me costó mucho volver al ritmo”, lamenta. “Se me ha quedado un estado de hipervigilancia, pero siento que ahora empiezo a encontrar un equilibrio”.En el Centro Reina Sofía de Fad Juventud se estudiaron ya en 2020 estas reacciones tan opuestas ante un mismo evento. ¿Encontraron algún rasgo común? “La preocupación por la salud mental es un hito clave que alteró el orden de prioridades de todos los jóvenes. Como sociedad hemos ido incluyendo el autocuidado y el cuidado de los vínculos y esto se lo debemos a la gente joven”, responde Anna Sanmartín, directora del centro. Sobre esta base, defiende, se construyen muchas tendencias en la juventud, desde aspirar a una mejor conciliación laboral a los cambios en el uso de drogas. “Las encuestas no apuntan a un incremento del alcohol y el tabaco, pero sí de los hipnosedantes, con y sin receta, que tiene mucho que ver con estos malestares emocionales”.“Los jóvenes están construyendo nuevas formas de ocio y culturas colaborativas, tanto virtuales como presenciales. Puede parecer contradictorio, porque viven una hiperdigitalización, pero después también buscan revalorizar la cultura tradicional y los espacios desconectados”Carles FreixaA ese retrato del joven pandémico Freixa también cree que es importante añadirle la polarización ideológica derivada de la explosión de las fake news y, sobre todo, la extensión de la juventud con la llamada “adolescencia eterna”. Hace un año, el catedrático coordinó el Informe de la Juventud en España 2024 con la novedad de extender el estudio a los 34 años. “La incertidumbre típica de la adolescencia se ha convertido en el signo de los tiempos, un estado semipermanente de indefinición que legitima la inestabilidad laboral y residencial. Pero, frente a eso, los jóvenes hacen de la necesidad virtud y se adaptan de manera resiliente y creativa”, explica. En contraste con el discurso adultocéntrico que los tachó de irresponsables en la pandemia, Freixa reivindica la capacidad de adaptación de una generación enfrentada a la vez a tres crisis: sanitaria, inflacionaria y laboral.Existen miles de estampas que representan el desengaño laboral de esta generación, pero pocas son tan elocuentes como la que vivió Hugo Cobo (26 años, Córdoba). A él, la pandemia le pilló a la vista de toda España en el talent Operación Triunfo. El vídeo en el que les comunican a los concursantes que deben volver a sus casas retrata a la perfección la frustración de una generación que se estampó contra el suelo justo en el momento en el que empezaban a desplegar las alas. “¡Manda huevos que la única vez que me sonríe la vida llegue una pandemia mundial! Fue muy confuso”, recuerda ahora Cobo.Al terminar el confinamiento, explica, tuvieron que despegar sus carreras sin el empuje que solían recibir del programa y en una época del todo anómala. “El formato y los fans han cambiado mucho. No son lo mismo los fans de Bisbal que los míos, que me han visto cambiar de curro 40 veces en seis años”, confiesa. Cobo nunca ha tenido ningún problema en visibilizar los trabajos que compatibiliza con la música. Ahora, alterna los turnos en un parque de ocio con las clases de guitarra y las colaboraciones con distintas marcas: como tantos de su generación, está acostumbrado a hacer malabares con distintos empleos.Por ejemplo Mau Arjona (27 años, Tarragona), que lleva años reinventándose a marchas forzadas. “A mi la covid me benefició mucho, pero me hizo una persona mucho más cerrada”, dice. Cuando llegó el confinamiento, vivía con su novio y tenía mil contratos temporales, pero se quedó sin ninguno. Decidieron subir unos vídeos a TikTok que se viralizaron al instante. Pero los verdaderos ingresos llegaron de la mano de otra plataforma en alza, OnlyFans. En su primer mes subiendo contenido para adultos ganaron 4.000 euros y Arjona decidió utilizar estos ingresos para invertir en su sueño: montar una peluquería. “Tenía muchos prejuicios y los sigo teniendo, es algo que no me gusta y no consumo, pero gracias a ello tengo libertad económica” “La gran decepción fue que después del gran colapso lo primero que hicimos fue volver a trabajar. No pasó nada. No salimos mejores, ni peores, simplemente no salimos. Es una idea casi de Baudrillard: la pandemia fue un simulacro, nunca existió”Leo Espluga, 24 añosHace poco que cerró el negocio y cortó con su pareja, pero OnlyFans sigue sosteniéndolo. Lamenta que se le asocie solo con esa imagen y ya piensa en nuevas oportunidades laborales, pero tiene claro que seguirá vinculado a las redes. “Hay días que por la mañana voy al gimnasio solo, hago la compra por las cajas de autopago, llego a mi casa y estoy con mi gata. Mis únicas interacciones son online. Por eso para mí las redes, además de trabajo, son la única forma de que se me vea. Realmente soy invisible en el mundo real”.A Leo Espluga (24 años, Castelldefels) el confinamiento también le dejó sin ingresos: su madre y él trabajaban en el teatro. Pero su reacción fue muy distinta: “Al haber estado tantos años precarizados, no nos asustamos. Si habíamos sobrevivido hasta entonces, esto no iba a ser diferente”. Para él, fue una época de ansiada soledad y del gran descubrimiento de su pasión: la filosofía. Devoró a Camus, Kierkegaard, Nietzsche y Dostievski. Al salir se matriculó en la carrera y empezó a compartirlo en redes. Desde allí, valora los debates que aquel año de desconfinamiento despertó en la juventud. “Aun siendo conscientes de las muertes, teníamos la necesidad de tocarnos. A todos nos obligó a pensar de manera muy axiológica en qué eran de verdad la responsabilidad y la salud. Como diría Deleuze: ‘Antes la muerte que la salud que se nos propone’. Es una máxima muy fuerte, pero tenemos el deber de disputar el sentido de salud más allá de la supervivencia. En cada caso, había que juzgar el placer en función de los riesgos”. Sin embargo, Espluga lamenta que todos esos aprendizajes se esfumaran en cuestión de meses. “La gran decepción fue que después del gran colapso lo primero que hicimos fue volver a trabajar. No pasó nada. No salimos mejores, ni peores, simplemente no salimos. Es una idea casi de Baudrillard: la pandemia fue un simulacro, nunca existió”, reflexiona. No es el único que piensa así, para demostrarlo basta con fijarse en las ficciones del momento. La pandemia no dejó casi huellas: en Euphoria y Élite los jóvenes vivían las vidas desaforadas que no les permitía su realidad.Todavía hoy es difícil encontrar el libro o la película que consiga retratar con éxito la pandemia. “Se hizo el silencio y la vida siguió adelante con su curso. Recordemos las promesas de que la nueva normalidad sería distinta. Todo eso quedó olvidado. Quizá esta ausencia de relatos literarios y cinematográficos apunte a que falta tiempo para elaborar la experiencia”, opina Lola López Mondéjar, psicóloga y autora de Sin relato, obra ganadora del premio Anagrama de Ensayo en 2024. En el libro analiza cómo la catarata de estímulos y la sumisión a la tecnología dificultan cada vez más la creación de un relato sobre el que construir la identidad. En este caso, una identidad forjada en la pandemia. A todos los perfiles entrevistados para este reportaje les cuesta recordar aquella época. ¿Son las redes sociales culpables de esta amnesia colectiva? “Las redes son una especie de utopía de escape y paliaron la soledad de los jóvenes en la pandemia. Este hecho no tiene por que llevar al olvido de las circunstancias vitales, pero sí puede que haya impedido su representación e inscripción en la memoria individual”, responde López Mondejar.En la pandemia explotó la popularidad de TikTok y con ello todo el ecosistema de las redes. Se impuso el formato del reel, el ritmo hiperacelerado y la rutina de empezar y acabar el día haciendo scroll infinito, es decir deslizándose sin límite por el algoritmo. Según el último resumen de 2025 del Instituto de la Juventud, la principal actividad de ocio de los jóvenes es pasar tiempo en internet y el 90% emplea más de 2 horas diarias. Pero, a pesar de sus riesgos, Freixa destaca que las redes están siendo una herramienta fundamental para esa toma de conciencia necesaria en toda generación. “Los jóvenes están construyendo nuevas formas de ocio y culturas colaborativas, tanto virtuales como presenciales. Puede parecer contradictorio, porque viven una hiperdigitalización, pero después también buscan revalorizar la cultura tradicional y los espacios desconectados”, apunta. Así, y después de pasar cinco años rebotando entre lo virtual y lo presencial, la generación vírica empieza a reconocerse, reconciliarse y reivindicarse como una mezcla de esos dos mundos.Mar Vallverdú (29 años, Sant Cugat del Vallès), periodista y podcaster, es una de las mayores defensoras de las bondades de la cultura virtual y su buen uso: “Para mí, el móvil es como la puerta mágica de Doraemon, te enseña mundos a los que no tienes acceso. La clave es utilizarlo tú y no al revés”. En la pandemia tuvo que volver a casa de su familia justo cuando empezaba su vida laboral. Como todo el mundo, se volvió adicta a TikTok, pero ella consiguió convertirlo en su carrera. Gracias al conocimiento del medio, asegura, la contrataron en Radio Primavera Sound. Allí dirige y presenta el podcast Radio Noia, desde el que defiende vivir crónicamente online. “Es como aprender un idioma. Siempre se dice que la gente adicta al móvil no tiene paciencia, pero es al contrario. Hace falta mucha paciencia para enseñar al algoritmo a que te muestre lo que tu quieres. La historia siempre es igual: se demoniza lo novedoso, pero cuando llegue lo siguiente se alabará al móvil como la herramienta que nos unió a todos. Que descubras que quieres hacer cosas en persona no significa que haya que destruir todos los móviles del mundo”, zanjaBeñat Azurmendi (26 años, Sopelana) demuestra que este equilibrio es perfectamente posible. Empezó como influencer apasionado de la literatura y, con su amiga Ariane, acaban de abrir en Madrid Lasai, una librería donde organizan todo tipo de eventos. “Si se te encasilla tanto en ser la generación de lo virtual, al final vas a salir con lo contrario. Parece novedoso, pero es más viejo que un bosque. Creo que en mi generación estamos un poco hartos de lo digital: lo que queremos es encontrarnos y conversar”, asegura.Como certifica la última Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales esta generación es la que más lee, visita más museos y asiste a más conciertos. Y lo hace sin renunciar a una intensa vida digital. Después del covid se dispararon todos los eventos presenciales, especialmente los festivales de música, y de este despertar han surgido verdaderos iconos generacionales como Rusowsky, que empezó encerrado en su habitación haciendo aquel llamado bedroom pop —pop de dormitorio— y hace cuestión de meses llenaba con su disco Daisy el Movistar Arena. “Yo creo que ni de coña Rusowsky existiría hoy sin el confinamiento. Fue el momento para hacer la música que hacía”, confesaba en esta misma revista el músico el pasado febrero. En la entrevista también describía lo duro que fue: “Estaba muy triste, mis padres se pusieron muy malos de covid. Yo estaba solo en mi cuarto, tenía que hacer todas las movidas de casa...”. Entonces le llamó C.Tangana y el resto, como se suele decir, es historia.Al actor y músico Teo Planell (22 años, Madrid) el confinamiento le pillló con 16 años y las hormonas en plena revolución. Como Rusowsky, fue entonces cuando empezó a componer sus canciones. Ahora acaba de publicar su primer disco, Demian, y está centrado en reivindicar la presencialidad y el diálogo en su generación por otros medios: ha fundado un club de cine en el Pequeño Cine Estudio de Madrid. “Queríamos romper el estigma del cine inaccesible. No se nos suele tratar con respeto, como si no fuéramos a entender a Antonioni”, dice. Planell reconoce que el mal uso de las redes sociales le anuló la capacidad de atención durante años. Pero ahora reivindica la cultura como arma para esa generación a la que se la tachó tantas veces de irresponsable. Cinco años después, ¿se ha conseguido acabar con ese estigma? “Durante mucho tiempo, no hicimos nada por desmentirlo. Hoy estamos viviendo la reacción a aquella gran confusión pospandemia. Nos hemos dado cuenta de que se nos exige una responsabilidad mayor para enfrentarnos al presente con cabeza y herramientas morales. Desde un lugar cauteloso, hay que agradecer los retos que se nos ponen. Han sido el motor de un acercamiento y un acompañamiento que nos va a fortalecer. Cuanto más grande es la amenaza, más grande es la respuesta”.
Crónicas de los jóvenes a los que el covid robó la adolescencia: “¡Manda huevos que la única vez que me sonríe la vida llegue una pandemia!”
Hace cinco años, con el final del confinamiento, salió a la calle una cohorte de jóvenes que se habían hecho adultos en el limbo de su habitación. Ahora, toman conciencia de todo aquello








