Soy de esa generación que recuerda con anhelo las cartas perfumadas, las pegatinas que intercambiábamos en el patio, ser el mando a distancia de aquella tele de culo que nos acompañaba en familia mientras veíamos míticas series como Médico de familia. Soy de esa generación que peleaba con su hermano para llamar por el fijo y que hacía cola en una cabina para telefonear con las monedas de la paga semanal; de las que merendaba susús de chocolate rellenos de crema auténtica mientras veía La familia crece en La 2 —la mejor serie de manga de la historia—. También tuve la suerte de pasar los veranos rodeada de primos, sol y una bicicleta que era nuestro mayor tesoro; de aprender a jugar a las cartas con mi abuelo y mi padre, y beber en botijo el agua más fresca que recuerdan mis amígdalas. Recuerdo mi primer móvil, la llegada de internet y los zumbidos del Messenger. Recuerdo la ansiedad por llegar a casa y ponerme frente al ordenador, y las discusiones por compartirlo con equidad. Recuerdo cuándo empezó esta esclavitud. Las nuevas generaciones han nacido dentro de la jaula, pero los de antes aún somos capaces de ver el exterior.
Carla Belda Rubio. Valencia
Se habla mucho de que el pueblo salva al pueblo al ver a la gente apagando con sus propias manos los incendios que se acercan a sus casas, como si fuera algo que se hace porque no hay recursos institucionales, pero se ha hecho toda la vida. Me recuerdo de pequeña llorando mientras mi padre se iba a apagar los fuegos que todos los agostos, durante las fiestas del pueblo, arrasaban nuestra sierra. Iban padres y hermanos y madres y tías, con palas, cubos, como podían. Hace 30 años, había recursos oficiales pero algo más limitados, y nadie convertía los fuegos en campaña política o en debate televisivo. Y es que cuando es tu tierra piensas en el paisaje que ves desde tu ventana; en salvar la casa que te ha costado tanto hacer, piensas en tus hijos que están allí veraneando muertos de miedo. Por eso el pueblo siempre saldrá a salvar su pueblo aun dejándose la piel en ello.






