Los lectores y las lectoras escriben sobre el deterioro de la atención médica, la investigación del obispo de Cádiz, Rafael Zornoza, por acusaciones de pederastia, la compra de pisos por Telegram y la falta de plazas en residencias públicas

Cuando mi hija nació, en 2007, a las pocas semanas vimos que sus pupilas se agitaban con fuerza de un lado a otro. Mi pareja y yo, primerizos los dos, no creímos que fuese nada importante, pero la llevamos al centro de salud. Lo que nos dijeron fue abrumador: lo que le pasaba se llamaba nistagmo congénito y era un síntoma, no la enfermedad; había que buscar qué lo estaba provocando. En cualquier caso, el nistagmo no tenía cura y su capacidad de visión estaba afectada de forma severa, pudiendo incluso ser ciega. Superados por la situación, preguntamos si había alguna esperanza, aunque fuera por la sanidad privada. La respuesta del amable doctor fue clara y contundente: “No encontraréis en la ...

privada los recursos ni los médicos que hay en la pública”. Y así fue. He contado esta historia muchas veces defendiendo la importancia de la sanidad pública. Pero desde hace unos años todo el mundo contesta lo mismo: “¿Pero hace cuánto fue eso?”. Y no hace tanto, pero lamentablemente hoy la respuesta que nos dio el doctor parece de otra época.