La jubilación del pediatra César García es un motivo de pena para quienes le admiramos, y un síntoma de la derrota de la sanidad pública, a la que tanto se aplaude y tan poco se cuida

A los pocos días de que a nuestro hijo le diagnosticasen leucemia, nos llamó. Él había mandado al niño al hospital para hacer unas pruebas y consultó la historia para ver cómo habían salido. Ahí vio el cuento de terror y levantó el teléfono de inmediato. “Ay, César —le dijimos—, no sabes lo que es esto”. “Sí que lo sé”, respondió, recordando el día en que otro médico le dio a su hijo un diagnóstico oncológico....

César García era el pediatra de nuestro hijo y uno de los nuestros, un padre asustado que fingía entereza y no siempre lo lograba. Habitaba los dos mundos, y esa doble nacionalidad —él mismo lo ha confesado— le hizo mejor médico. De su excelencia se han beneficiado miles de niños, incluidos mis dos hijos. Por eso, su jubilación es una pequeña noticia local en Zaragoza, donde es muy querido; un motivo de pena para quienes le admiramos, y un síntoma de la derrota de la sanidad pública, a la que tanto se aplaude y tan poco se cuida. Como otros colegas de su quinta, César se jubila a los 65, sin la prórroga a la que tiene derecho y de la que podría beneficiarse un sistema urgido de talentos, porque se ha cansado de achicar con cucharillas un naufragio general.