La solidaridad que ha despertado Héctor, un niño de un pueblo de Cáceres con una enfermedad muy rara, parece un milagro en un mundo digital en el que prolifera el odio
El mundo de Tamara Blanco se vino abajo como un castillo de naipes cuando recibió la llamada de la doctora: “Venid esta tarde a la consulta. Venid solos. Héctor tiene Tay-Sachs, una enfermedad rara. No busquéis nada en internet”. Blanco, el estómago hecho un amasijo de nervios, desobedeció y tecleó en su ordenador aquel nombre extraño para saber qué padecía su hijo pequeño. “La enfermedad de Tay-Sachs es un trastorno genético hereditario raro y mortal. Es incurable. Los pacientes generalmente fallecen antes de los cinco años”, decía la web. Héctor tenía entonces un año.
Esa mañana, el 2 de agosto de 2023, Juanjo Rincón, su marido y padre de Héctor, atendía el ganado a las afueras de Casar de Cáceres, el pueblo de unos 4.500 habitantes donde viven. Cuando su esposa le llamó, sintió que el implacable sol de aquel día se había teñido de negro. “No sabía qué hacer, porque se te viene el mundo encima. Nunca piensas que te va a tocar. Pero hay que convivir con ello y luchar”, dice Juanjo. Desde entonces, ni él ni su esposa han dejado de pelear.






