La Fundación Montemadrid clausurará el 1 de junio el espacio Conde de Elda sin ofrecer ninguna alternativa a los usuarios después de 47 años de actividad
El silencio reina en la casa de Luisa Martínez, de 88 años, desde que falleció su marido hace ya casi una década. La visita habitual y el cariño de sus tres hijos y sus seis nietos la rescatan de su rutina solitaria: entonces ríe, conversa y se emociona. La ausencia vuelve a pesar cuando sus familiares se marchan, pero Martínez se sobrepone a la tristeza, se viste con ropa cómoda y sale a la calle rumbo al que se ha convertido en su segundo hogar desde hace tres años: el Centro de Mayores Conde de Elda. Allí se reúne con amigos y profesores en un ambiente “agradable y terapéutico” que la ayuda a mantener activas sus capacidades físicas y mentales. Sin embargo, su gesto se ensombrece al recordar que esa rutina terminará el próximo 1 de junio, cuando la Fundación Montemadrid baje la persiana de este centro, abierto desde 1979, sin ofrecer alternativas a sus 1.554 socios, que aspiran a una jubilación activa y acompañada.
La actividad arranca cada día a las diez de la mañana. En la puerta, una gata de nueve años llamada Michita recibe a los más madrugadores. “Es preciosa, le encanta que la acariciemos y jugar con las cotorras”, cuenta Martínez sobre el animal, adoptado en enero por una de las responsables de la asociación después de que su anterior dueña, usuaria del centro, le pidiera que se hiciera cargo de él poco antes de morir. Al entrar, saluda a sus amigas Aurelia Sobrino y Gloria Palma junto a una pancarta en la que se lee: “No al cierre, 1.554 abuelos a la calle”, y recorre un estrecho pasillo hasta el salón principal. Allí, a las once, comienza la clase de gimnasia, mientras en otra sala coinciden los ensayos de jota.











