Desde la ventana de mi hotel en la calle 57 con la Quinta Avenida neoyorquina contemplo el rótulo de Mango refulgir hasta el amanecer. El jet lag me permite observar los horarios del luminoso, que, a diferencia de las tiendas vecinas, aguanta insomne hasta la primera luz del alba. El pensamiento mágico flota en la madrugada. Y ante las nuevas noticias de la investigación sobre la muerte de Isak Andic percibo la azarosa visión como una señal. MangoResulta inevitable recordar a Andic, a quien esta periodista entrevistó por primera vez en 1989, cuando él tenía 35 años y 13 tiendas, años antes de su expansión. Hoy se cuentan más de 3.000 tiendas de Mango en todo el mundo, una de ellas, la que me mira desde la acera. Conservo aún el cuaderno de aquel encuentro en sus oficinas de la calle Trafalgar de Barcelona, que reúne frases como estas: “Todo está inventado, pero se puede mejorar el sistema existente”; “el cliente Mango es todo aquel que, aunque tenga 80 años, conserve un espíritu joven”; o “nuestra ilusión es saltar a Europa, y no podemos ser solo botiguers. Por eso no escatimamos en publicidad, en diseño, hacer bonitos los locales”.La fundación para los pobres que Isak Andic quería crear define su personalidadEn aquel primer encuentro al que sucederían otros, Andic mostraba los cimientos de su proyecto, basado en la renovación constante y la compra entendida como experiencia –ya entonces controlaba la música de las tiendas–. Aprendió desde abajo, vendiendo ropa que importaba de Turquía e India en el mercadillo de Balmes. También me contó que el nombre de la compañía se les ocurrió comiendo mangos en Filipinas. Con los años se convirtió en un gigante de la moda y empezaron a escasear las entrevistas, aunque seguía siendo cariñoso (palabra que repetía a menudo) con las plumillas. Isak pasó de ser un self made man a un senyor de Barcelona que abrazaba la discreción por encima de todo.De los detalles que han trascendido estos días del auto judicial, uno define la personalidad de este visionario del textil: quería crear una fundación para los pobres, devolver a la sociedad parte de su milagro económico y convertir el éxito en valor social.Al amanecer por fin me entra el sueño y los leds de la flagship store en la Quinta Avenida –uno de los hitos de Andic– se apagan. Ojalá la verdad ilumine el legado de un hombre que se atrevió a soñar en grande.­­­