Andy Warhol rodó varias películas con su amiga, la artista de origen venezolano, Marisol. Así se hizo llamar ella cuando borró de su firma el apellido Escobar, Marisol a secas. En uno de estos filmes, en 1964, dos años después de que ambos creadores se conocieran en Nueva York, la mostraba en el mismo plano que a una de sus más populares esculturas de madera, Women and Dog. Porque cuando se conocieron, ella ya era una artista exitosa, con un lugar ganado en la incipiente escena del arte pop de la ciudad de los rascacielos. Él, sin embargo, lidiaba con sus inicios.De esta manera, el Centro Botín en Santander presenta la exposición Marisol, cuando todo está por comenzar (del 23 de mayo al 25 de octubre), subrayando el hecho contrastado con la historiografía del arte de que antes de Warhol estaba Marisol, aunque luego él ocupara la posición de una estrella y ella quedara relegada en un olvido del que distintas instituciones y muestras llevan años tratando de sacar a una mujer que llegó a ostentar el título oficioso de “reina del arte pop”. En esta ocasión, a través de más de un centenar de sus dibujos, los que le acompañaron hasta el final de sus días, en 2015, cuando el alzhéimer devoraba su memoria, pero sus manos seguían dibujando de manera casi instintiva y automática en cualquier material que encontraba, como, por ejemplo, unos sobres.Marisol nació en París en 1930 en una familia venezolana. Se crió entre Caracas, Los Ángeles y Nueva York. Su trabajo con la escultura —figuras de madera a tamaño natural, retratos de personajes públicos— la convirtió en un personaje clave en el Nueva York de inicios de los cincuenta. Los recortes de prensa que se muestran en la exposición demuestran cómo su trabajo salió de las salas y se coló en medios como Life, Glamour y The New York Times. Pero, al contrario de lo que le pasaba a sus compañeros, su obra iba ligada a su imagen. En los titulares se hablaba de ella como “belleza latina”. O se exotizaban sus piezas con supuestos elogios como: “Si sus esculturas fueran encontradas en alguna jungla sudamericana, no sorprenderían a los arqueólogos”.Ella mostraba su enfado por este tipo de comentarios, aunque desde la muerte de su madre, cuando ella solo tenía 11 años, restringía sus palabras, dejaba que el arte, sobre todo el dibujo, la definiera. Hasta que un día, tras el inesperado y creciente reconocimiento público —en términos más populares, la fama sobrevenida— decidió marcharse a Europa. De alguna manera, explica la comisaria, Laura Vallés Vilchéz, “decidió escapar del mundo del arte”.Era finales de los cincuenta, su galerista, Leo Castelli, descubridor de artistas pop, le escribió sorprendido: “¿Cómo te puedes ir, cuando todo está por comenzar?”. No logró convencerla. Pasó un tiempo en Roma. Tampoco encontró en las ciudades europeas en las que vivió todo lo que buscaba y regresó a Nueva York. A su vuelta se dio cuenta de que no había perdido su sitio. Llegó la Bienal de Venecia y fue una de las cuatro mujeres que participó en Documenta IV, en 1968.Hizo de esas referencias a su imagen una práctica artística. Es recurrente en su obra el uso de máscaras que hacía a partir de su propio rostro y de sus manos. Le puso su cara, por ejemplo, a la pieza Indian (1969), una escultura asociada a la iconografía comercial del llamado cigar store Indian, tradicionalmente situada a la entrada de estancos en Estados Unidos. “La obra genera preguntas sobre el estereotipo y los límites de la representación”, explica la comisaria, “hoy se plantearía como parte del debate decolonial y sobre el apropiacionismo”. Este trabajo sobre las comunidades indígenas lo continuó en otros de sus viajes por el sudeste asiático con paradas en la India y Tailandia, interrumpiendo por segunda vez su presencia en la escena artística en un momento de máxima visibilidad. En su trabajo, el color se vuelve más intenso, la crítica social más aguda en el momento en el que crecen las protestas contra la guerra de Vietnam y crecen los movimientos por los derechos sociales a la vez que el feminismo critica las relaciones de poder. Ahí está Get Away from My Fish (1975), un dibujo donde un personaje cabalga un pez gigantesco mientras grita la frase que da título a la obra. “Entre humor y desafío, la escena puede leerse como una afirmación de independencia frente a las expectativas sobre su trabajo”, apunta Vallés, que señala a su vez una escultura de un pez ballesta “oscuro y violento, un animal que parece un misil”.Al final de su vida, el viaje de la artista es, más bien, metafórico a causa de la enfermedad mental. No para de dibujar. El retrato a lápiz de una persona que podría ser su cuidadora, realizado en 2006, es una señal de los nuevos protagonistas de su vida. Ya no son máscaras, personajes públicos y monumentos, sino quienes la cuidaban.Tal vez es demasiado maniqueo convertir a Marisol en pionera de las urgencias del presente: el feminismo, la conciencia ambiental o la discusión sobre los pueblos originarios y quién puede hablar en nombre del otro. El trabajo desplegado en las salas del Botín, en colaboración con el Buffalo AKG Art Museum, que alberga su archivo, muestra que en la cabeza de esta artista ya se daban algunos de estos debates, probablemente sin las etiquetas que ahora los definen y constriñen.
El Centro Botín recuerda a Marisol, la reina del arte pop antes de que Warhol se quedara con el puesto
A través de más de un centenar de dibujos, la muestra reivindica el trabajo de la artista de origen venezolano
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