En una ambiciosa exposición, el Thyssen cuestiona la confrontación entre la abstracción viril e instintiva de Pollock y la figuración gélida y emasculada del pop encarnado por Warhol
En 1962 un Andy Warhol que hacía sus primeros pinitos como artista “serio” pintó dos grandes botellas de Coca-Cola en sendos lienzos enormes. Uno conservaba al margen brochazos y gestos que recordaban a los de la generación anterior: los pintores del Expresionismo abstracto y su gran capitán, Jackson Pollock. En el otro la botella lucía como una especie de tótem mudo y ...
hierático, sin rastro de la mano del artista. Durante un tiempo Warhol los colgó juntos en su estudio y se dedicó a preguntar a las visitas: ¿Cuál preferían? ¿La que mostraba las huellas del trabajo y los tormentos de un pintor como dios manda, o la que aparecía purificada de rituales y residuos románticos? Por supuesto, ganó la segunda, y el resto es historia del arte del siglo XX.
La botella expresionista, prestada por el Museo Warhol de Pittsburgh, luce en la segunda sala del Thyssen tras una introducción de Pollocks soberbios: la comisaria Estrella de Diego, elige situarla allí como bisagra y puente entre la tradición expresionista y el pop que según los manuales de historia llegó para barrerla y hacer tabula rasa. Y lo hace precisamente para cuestionar esa confrontación: entre la abstracción masculina, instintiva y “con dos pelotas” que encarnaba Pollock y la figuración gélida, sibilina y emasculada del pop de Warhol y su generación.






