La exposición dinamita los límites entre la figuración del artista pop y la abstracción del pintor expresionista en una muestra que derriba también las ideas preconcebidas sobre los dos creadores
En la última sala de la exposición Warhol, Pollock y otros espacios americanos en el Museo Thyssen de Madrid han colocado un banco. No suele ser habitual encontrarse con mobiliario en las temporales. Pero Estrella de Diego, comisaria de una muestra que lleva más de 20 años en su cabeza, quería que por muy breve que fuera la visita, el espectador se sentara un momento ante tres monumentales cuadros de Warhol y Mark Rothko. “Contemplar es, por excelencia, un acto político y radical”, explica la catedrática de Historia del Arte de la Universidad Complutense de Madrid. Y pregunta: “¿Qué pasa si volvemos a mirar? Tal vez podemos dejar de ver esas otras cosas que nos bombardean. Escapar de ese exceso de imágenes”.
La sala se llama El espacio como metafísica, y las dos obras que se muestran de Warhol representan una serie de sombras creadas a finales de los años setenta hechas a partir de pinceladas misteriosas que hacen que sea imposible distinguir figuras. La luz es tenue. Todo el montaje está pensado para parar, observar y preguntarse: ¿de verdad esto es del mismo tipo que elevó a la categoría de arte una lata de sopa?






