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En cada campaña presidencial, Colombia termina descubriendo, casi por obligación electoral, que existe un país más allá de Bogotá. En ese redescubrimiento tardío aparecen siempre dos regiones fundamentales: el Pacífico y el Suroccidente. Territorios estratégicos para la economía nacional, la biodiversidad, la seguridad y la gobernabilidad democrática, pero también profundamente atravesados por abandono estatal, pobreza estructural y violencia.

Las propuestas presidenciales conocidas hasta ahora dejan ver algo interesante: los candidatos entienden que ya no basta con mencionar estas regiones de manera simbólica. Hoy existe presión política para hablar de Buenaventura, del Cauca, de Nariño, del Chocó y del Eje Cafetero con medidas concretas. El problema es que, en muchos casos, las campañas siguen confundiendo diagnóstico con solución.

Hay candidaturas que insisten en una visión predominantemente securitaria. Las propuestas de Paloma Valencia alrededor de la fumigación con glifosato en Cauca y Nariño reflejan una lectura clásica del problema de cultivos ilícitos: recuperar control territorial mediante medidas de choque. Sin embargo, la experiencia colombiana ha demostrado que la fumigación aérea no resolvió el fenómeno del narcotráfico; simplemente desplazó los cultivos de un territorio a otro. Además de los límites constitucionales y ambientales existentes, insistir en esa estrategia sin una apuesta fuerte de sustitución productiva y desarrollo rural parece desconocer que el problema del Pacífico no es solamente criminal, sino profundamente social y económico.