Las elecciones legislativas y las consultas presidenciales demuestran que existe un espacio para la moderación
Las elecciones legislativas y las consultas presidenciales celebradas este fin de semana en Colombia dejan un país lejos de la calma, pero también una señal que conviene no subestimar: los extremos no avanzan con la fuerza que muchos temían. En una región donde la política suele oscilar con brusquedad entre proyectos refundacionales y promesas de mano dura, el resultado colombiano sugiere que aún existe un espacio para la moderación y para la política entendida como negociación, no como confrontación permanente.
El electorado ha enviado un mensaje más complejo. Los proyectos que aspiraban a capitalizar el descontento mediante discursos maximalistas han quedado contenidos, sobre todo el ultraconservadurismo más visceral, ejemplificado en Abelardo de la Espriella, cuya fuerza ha quedado frenada por el auge de Paloma Valencia.
Eso no significa que Colombia haya escapado de sus viejos fantasmas. Al contrario: la elección sigue marcada por dos sombras que llevan décadas proyectándose sobre la vida política del país. Gustavo Petro y Álvaro Uribe continúan siendo los polos simbólicos alrededor de los cuales se ordena buena parte del debate público. La polarización que ambos representan, cada uno desde su trinchera, ha sido uno de los rasgos más persistentes y corrosivos de la democracia colombiana en el último cuarto de siglo.










