El presidente Donald Trump no cree en la ley de la gravedad política. Cuanto más se hunde su popularidad en el país en general —numerosas encuestas la sitúan cerca de su nivel más bajo de la historia—, más doblega al Partido Republicano a su voluntad y pone en peligro las perspectivas de los sumisos republicanos en otoño con acciones impopulares e incluso descaradas.El resultado es un presidente históricamente hábil para exigir lealtad política dentro de su partido, pero propenso a tomar medidas ejecutivas que alienan al público en general. Esta paradoja ha fomentado una reticencia —y debilitado la capacidad— para colaborar con el Congreso en los temas que más importan a los votantes, un ciclo que Trump no está dispuesto, o no es capaz, de romper.
El martes, Trump consiguió el trofeo que más anhelaba: la destitución del congresista libertario Thomas Massie —republicano por Kentucky—. El congresista, que lleva ocho mandatos, es el crítico republicano más destacado del presidente en la Cámara de Representantes y lideró la iniciativa, a la que Trump se resistió hasta que se dio cuenta de que no podía detenerla, para publicar los archivos del gobierno sobre el delincuente sexual convicto Jeffrey Epstein. Massie fue derrotado contundentemente en las primarias por un desconocido en política hasta entonces, el ex Seal de la Marina Ed Gallrein, elegido personalmente por Trump y financiado con decenas de millones de dólares de sus organizaciones aliadas.












