El dominio de Donald Trump del Partido Republicano continúa siendo absoluto, como demuestra el actual ciclo de primarias de cara a las elecciones de medio mandato de noviembre. La fórmula es la misma que hace dos, cinco y diez años: si usted es un republicano que contradice, en algún caso, la línea presidencial, y Trump le señala, su carrera se ha terminado. Lo cual explica por qué la inmensa mayoría de congresistas y otros cargos exhiben una lealtad tan completa, mientras el sistema democrático es socavado o desmontado, día a día, delante de ellos. La cifra más importante para entender esta situación, y con ella el paisaje político de Estados Unidos, es un porcentaje: 34%. La proporción de votantes que respalda a Donald Trump pase lo que pase, haya guerra o paz, llueva o haga calor, digan lo que digan el resto de los electores. Son las llamadas "bases MAGA": una coalición aparentemente irrompible que nunca ha dado la espalda al actual presidente. Ahora mismo, por ejemplo, las encuestas de Trump están por los suelos. Su nivel de aprobación entre los latinos que lo votaron en 2024 ha caído 27 puntos; entre los latinos en general, su popularidad es de apenas un 22%. Con los jóvenes sucede algo similar: casi un 80% desaprueba su gestión. Entre los independientes, que suelen ser considerados los votantes bisagra, el rechazo es del 69%. Sin embargo, hay un treinta y tantos por ciento de estadounidenses que lo aprueban todo. Incluso la guerra contra Irán. Durante su última campaña, Trump advirtió de que votar por su contrincante, la demócrata Kamala Harris, equivalía a votar por una guerra en Irán. La posibilidad de este conflicto siempre ha sido políticamente venenosa. Hoy, pese a que Trump entró en guerra casi sin dar explicaciones, con la opinión pública y hasta su gabinete en contra, y pese a la derrota estratégica de EEUU —que ha dejado Oriente Medio y su capacidad de negociación en peores condiciones—, el apoyo a la guerra contra Irán ronda la cifra mágica: un 30%. Si uno mira atrás a la historia reciente, verá la popularidad de los presidentes subir y bajar como los raíles de una montaña rusa. La de Trump, en cambio, varía poco. Y nunca ha bajado de ese 34%. Cuando Trump azuzó a la turba que asaltó el Capitolio, la mayoría de los analistas, habitantes del mundo de ayer, lo dieron por políticamente muerto. Pero ahí estaban sus fieles: 34% de popularidad. Esta cifra es importante no por lo anecdótico de que Trump tenga su propia tribu de guerreros a prueba de realidad, sino porque es este 34% de votantes lo que le permite aniquilar a sus críticos dentro del partido. Así como la nada desdeñable ayuda de su cofre de guerra: unos 400 millones de dólares para gastar en campaña. El pasado 5 de mayo, casi todos los senadores estatales republicanos de Indiana que votaron en contra de la reorganización de los distritos parlamentarios del Estado, una petición de Trump para sumar algunos escaños en el Congreso con esta técnica de gerrymandering, perdieron las primarias. Trump apoyó a sus rivales y les aportó dinero. Eso fue suficiente. La senadora estatal Linda Rogers observó que esta acción por parte del presidente servirá de lección para los parlamentarios de otros Estados. "Si alguien va a pedirte que emitas un voto difícil, tal vez te lo pienses dos veces", dijo. La decisión estará "entre tu conciencia y lo que es mejor para tu comunidad, por un lado, y lo que es mejor para ti y tu carrera, por el otro". El 16 de mayo le llegó el turno a Bill Cassidy, senador republicano de Luisiana. En el mundo de ayer, Cassidy, probablemente, habría ganado las primarias. Ya había pasado dos mandatos en el Senado y había gastado, en esta campaña, casi 10 millones de dólares: el doble que sus dos contrincantes juntos. Pero no solo no fue suficiente, sino que Cassidy, además, acabó tercero. En 2021, Cassidy votó a favor de defenestrar a Trump por el asalto al Capitolio. Trump tiene una memoria larga. Respaldó a un rival de Cassidy, Julia Letlow, y eso fue todo. Pero la pieza mayor de este gran ajuste de cuentas es el congresista Thomas Massie, que representa el distrito 4 de Kentucky desde 2012. Massie dice que ha votado en sintonía con Donald Trump más del 90% de las veces. Aun así, hay varios frentes en los que no ha querido dar su brazo a torcer: Massie, que es libertario, se opone a la guerra contra Irán, a dar continuos cheques en blanco a Israel y a aprobar políticas deficitarias, como indica el hecho de que, con Trump, el déficit presupuestario de EEUU ha alcanzado un nivel nunca visto desde 1946. Quizás el pecado más grave de Massie, un ingeniero de robótica del MIT que construyó su casa, literalmente, con sus propias manos y con materiales de su terruño, haya sido defender a las víctimas de la trama de explotación sexual de menores del magnate pedófilo Jeffrey Epstein y exigir que se revelaran sus papeles. Massie, junto a su amigo de la otra bancada, el congresista Ro Khanna, tuvo un éxito parcial. La ley está aprobada, pero el Departamento de Justicia aún no ha publicado todos los archivos. Donald Trump y sus aliados pusieron a Massie en la diana, y transformaron las primarias del distrito 4 de Kentucky en las más caras de la historia de la Cámara de Representantes. Se gastaron 34 millones de dólares, pero solo el 6% de las donaciones, curiosamente, procedieron de personas que vivían en ese distrito. El resto, un 94%, llegaron de fuera. El lobby pro-israelí AIPAC donó casi 10 millones de dólares para la campaña del rival de Massie, el ex Seal Ed Gallrein. La lealtad es una prioridad tan grande para Donald Trump que, incluso, ha apoyado a candidatos políticos de rendimiento cuestionable frente a otros de rendimiento probado. Tal es el caso del senador de Texas, John Cornyn, que prefirió no votar contra la ley de restricción del voto presentada por Trump. Como consecuencia, el presidente respaldó a un rival en las primarias, Ken Paxton, cuya trayectoria familiar y moral está empañada por escándalos y que podría echar a perder ese escaño; sobre todo, porque tendrá delante a un demócrata popular, el seminarista James Talarico. Texas ha pasado del rojo republicano al "púrpura" de los Estados bisagra. Visto desde fuera, probablemente se dé la tentación de pensar que todo esto es solo política: disciplina de partido; unos vienen, otros se van, como en todas partes. Pero conviene hacer dos apuntes: primero, que el Congreso no es parte del Gobierno, sino otra rama distinta que, se supone, actúa como contrapeso. Los congresistas han tenido, tradicionalmente, un margen de maniobra para poder negociar cuestiones favorables a sus respectivos Estados, que no tienen por qué coincidir forzosamente con los planes del presidente (que no es el líder del partido). El segundo apunte es que cuando Donald Trump señala a un congresista, el coste va más allá de perder unas primarias. Los insultos y las mentiras del presidente contra un crítico suelen ir acompañados de una avalancha de amenazas de muerte hacia este y hacia su familia, como le ha sucedido, recientemente, a otra republicana neutralizada: Marjorie Taylor Greene. Y a su hijo, Derek. Greene dice que le pidió ayuda al presidente. "Trump procedió a decirme que era mi culpa y que me lo merecía. Si mi hijo muere, me lo merezco porque fui una traidora". En una situación similar, Massie declaró que, si aparecía muerto, no sería por accidente. "No tengo tendencias suicidas", tuiteó. "Me alimento de forma saludable. Los frenos de mi coche y mi camioneta están en buen estado. Practico un buen control del gatillo y nunca apunto con un arma a nadie, ni siquiera a mí mismo. No hay charcos profundos en mi granja y soy bastante buen nadador". Vivo sigue, aunque no políticamente. Al menos en el partido de Donald Trump.
Trump se 'cepilla' a los candidatos republicanos que le dijeron 'no', sin un claro plan para las midterms
La lealtad es una prioridad tan grande para Donald Trump que, incluso, ha apoyado a candidatos políticos de rendimiento cuestionable frente a otros de rendimiento probado










