El feminismo en la España anterior al siglo XX fue cosa de muy pocas mujeres, las precursoras: Josefa Amar y Borbón, que acusó a la sociedad de su tiempo de negar la instrucción a las mujeres para luego tacharlas de ignorantes; Concepción Arenal, que defendía la participación de la mujer en la construcción de una sociedad más justa y más humana; Emilia Pardo Bazán, que se atrevió a disputar a sus contemporáneos masculinos la primacía intelectual… Ellas tres y muy pocas más prepararon el terreno para el feminismo del siglo XX, que en otros países europeos madrugó más que en España.Con el cambio de siglo empezaron a surgir en Europa asociaciones de mujeres que, además de organizar actos culturales y benéficos, reclamaban la igualdad legal de las mujeres y su derecho a votar y a ser votadas. El primer Lyceum Club surgió en Londres en 1903. Después llegaron los de Berlín, París, Bruselas, Roma, Estocolmo… El de Madrid (que se adelantó en cinco años al de Barcelona, presidido por Aurora Bertrana) nació hace un siglo, en 1926, y para conmemorar la efemérides se han programado una exposición y unos ciclos de películas y conferencias.Una foto del Lyceum Club de Madrid LVSobre la historia del Lyceum Club madrileño se acaba de publicar El club de las modernas, de Eva Cosculluela. Es un libro excepcional sobre un puñado de mujeres excepcionales que, superando sus diferencias, se pusieron de acuerdo para, por un lado, reivindicar el papel de la mujer y, por otro, ayudar a los necesitados. Entre sus grandes logros están la Casa de los Niños, en la que cuidaban y enseñaban las primeras letras a hijos de familias sin recursos, y el Comité del Libro para el Ciego, que transcribió multitud de libros al alfabeto braille para que ningún invidente se viera privado del placer de la lectura.Llama la atención que, en iniciativas como esas, la bondad se ejercía solo porque sí y sin esperar nada a cambio, lo que no podía sino molestar a algunos sectores de la Iglesia, decididos a conservar (e instrumentalizar) el monopolio de la filantropía. Aunque entre las liceístas no escaseaban las mujeres católicas y de derechas, la España reaccionaria observó siempre con aversión a ese grupo de feministas, percibidas como una amenaza para el orden social y la familia tradicional. El Lyceum Club inspiraba recelos entre los hombres conservadores, pero también entre no pocos progresistas, incluidos los ilustres maridos de varias socias, a las que prestaban un apoyo más bien reticente.El Lyceum Club inspiraba recelos entre los hombres conservadores, pero también entre no pocos progresistasEn El club de las modernas se cruzan las vidas de buen número de mujeres extraordinarias. La historia de algunas de ellas, como Zenobia Camprubí, María Lejárraga, Elena Fortún, Concha Méndez o María Teresa León, es bien conocida. A otras, en cambio, yo nunca las había oído mencionar. Pienso, por ejemplo, en una de las primeras licenciadas en Medicina, la leonesa Nieves González Barrio, que, en su afán por aprender, siguió ampliando su formación en algunas de las instituciones más prestigiosas de Francia y Estados Unidos hasta convertirse en una auténtica eminencia en el ámbito de la pediatría. Una mujer como ella no dudó en velar de forma altruista por la salud de los pequeños acogidos en la Casa de los Niños.Entre las socias del Lyceum Club estaban también Clara Campoamor y Victoria Kent, que lucharon desde el principio para modificar la consideración política y jurídica de la mujer en un or­denamiento legal que la considera­ba un ser inferior sometido a la tutela mas­culina. Entre otras aberraciones estaba el artículo 438 del Código Penal, que amparaba al marido que asesinaba a la esposa sorprendida en adulterio.Su lucha por los derechos de la mujer, iniciada durante la dictadura de Primo de Rivera, prosiguió durante la Segunda República, en la que precisamente ellas dos serían las primeras (y, durante unos meses, únicas) diputadas en las Cortes republicanas. Campoamor formó parte de la comisión que redactó la Constitución de 1931 y acabó enfrentándose con Kent a propósito del sufragio femenino, que esta última consideraba prematuro. El final de la historia no es muy original: el ejército se sublevó en julio de 1936, la aviación franquista destruyó la Casa de los Niños y la Sección Femenina acabó incautándose de la sede del club. El bonito sueño igualitario del Lyceum Club tendría que esperar.