J�lia Ferrer y Ferran Rodr�guez, como el mism�simo Ludwig Feuerbach, est�n convencidos de que el hombre (y la mujer, de la que con tanta facilidad se olvida la gram�tica) es lo que come. Tambi�n es lo que piensa, lo que transpira, lo que suspira, lo que opina, lo que pinta, lo que escribe, lo que recuerda, lo que olvida y, llegado el caso, hasta lo que miente. Pero es ponerse delante de una escudella alicantina u olleta de Alcoy —debidamente preparada, por supuesto, con oreja y pies de cerdo, nabos, arroz, jud�as y butifarr�— seguida de un cabrito al horno y se acabaron las disquisiciones. "Si se quiere mejor al pueblo, en vez de discursos contra los pecados denle mejores alimentos", dej� escrito en 1890 el alem�n, adem�s de fil�sofo y antrop�logo, y J�lia y Ferran, mujer y marido, cocinera y animador-camarero-jefe de sala, 72 y 76 a�os cumplidos, naturales por orden de Quatretondeta (Alicante) y Barcelona, no pueden estar m�s de acuerdo.Ellos son a�n y por siempre los propietarios del desaparecido Can Llu�s, un restaurante que durante 90 a�os a contar desde 1929 no solo dio de comer en la esquina de las calles de la Cera y de la Reina Am�lia del Raval barcelon�s, no lejos de la Avenida del Paral�lel, con su tr�fago de espect�culos, vidas bohemias y ganapanes de post�n; no solo aliment�, dec�amos, a los que por all� pasaron, sino que, apurando, dio cobijo y sentido a la vida cultural del momento en cualesquiera de sus fases y situaciones. "Can Llu�s era un negocio, claro, pero sobre todo era un grupo de amigos que todos los d�as se renovaba", comenta J�lia. "Can Llu�s", sigue Ferran, "era mi casa y la de todos los que all� paraban. Desde Rafael Alberti a V�zquez Montalb�n pasando por Tony Curtis o el puma amaestrado que un d�a trajo un cliente". Tal cual.Can Llu�s, en efecto, era, pero a�n es. Es el testimonio de una ciudad y un pa�s entero. Es eso y es el punto de partida de la serie Ravalear (HBO Max) —firmada por el hijo de J�lia y Ferran, Pol Rodr�guez— que cuenta la historia del desahucio de la casa de comidas, el punto final de una larga trayectoria consumida por la especulaci�n inmobiliaria, la gentrificaci�n a machamartillo, la estigmatizaci�n porque s�, la invasi�n del turismo y, ya que estamos, el turbocapitalismo que nos devora. Lo que, en cambio, solo apunta la serie tan enfebrecida y en�rgica como oportuna es lo que en verdad fue y es Can Llu�s, su historia, todo aquello que se esconde en un rinc�n de la memoria com�n.All� estall� una bomba en plena dictadura franquista. All�, durante la Guerra Civil, se daba algo m�s que solo pan negro al que tuviera hambre. All�, la Gauche Divine empapaba con efluvios proletarios los aromas exageradamente burgueses de la discoteca Bocaccio. All�, la Nova Can�� inventaba la posibilidad de una revoluci�n nueva en la que entonces era una lengua prohibida. All�, los redactores de la revista El Papus (todos menos el conserje, Joan Pe�alver) se salvaron de morir en el atentado de la Triple A. All�, Peret aprendi� a amar. All�, el Bar�a aliment� sus mayores ambiciones de la mano de un joven comensal de entonces 14 a�os llamado Lionel Messi. All�, V�zquez Montalb�n, Andreu Mart�n o Carlos Ruiz Zaf�n comieron ellos e hicieron comer a algunos de sus personajes con Pepe Carvalho a la cabeza. All� se vivi� en silencio el 23-F, con la �nica presencia de Mar�a Asquerino que, pese a todo, no perdi� la gana. All� dibuj� Ralph Steadman en una pausa de su trabajo gonzo con Hunter S. Thompson. All� se dejaron caer Keith Richards, Josep Maria Flotats, Pepe Sacrist�n, el citado Curtis acompa�ado de Jill Vanderberg, Serrat, Sara Montiel, N�ria Espert, Colita, Terenci Moix, Ana Moix, Tete Montoliu, Vittorio Gassman, Jos� Saramago, Harold Pinter... All�, el universo entero. All� se comi� y, por tanto y por Feuerbach, se fue. Somos lo que comemos.Para saber m�s"Yo soy de Quatretondeta", dice J�lia. Y lo dice con orgullo: "Soy del pueblo que tuvo a la primera alcaldesa de Espa�a en 1924. Soy de ah� porque mi mam� emigr� desde Alcoy a cuidar a de unos t�os cuando mi abuela muri� y mi abuelo estaba en prisi�n". Por el pueblo alicantino pas� un buen verano un hombre de ciudad como Ferran, vio a J�lia y, sin m�s, le dijo: "Quiero bailar contigo". No era exactamente el verso del poema m�s bello, pero se entend�a bien. Ferran, para situarnos, empez� a trabajar en el negocio familiar con 16 a�os, en 1965, y Ferran es el mismo que cuando alg�n cliente le ped�a consejo, sugerencia o simple parecer sobre la mejor vianda, respond�a con la sorna debida o que fuera a otro sitio a comer o que tomara un taxi. Esas eran sus recomendaciones del d�a. "Pero se quedaban todos", puntualiza para evitar equ�vocos. Luego siguieron tres a�os de noviazgo por carta. Y tras la larga espera epistolar, la boda. Y de su mano, la llegada en 1974 de ella, que a�n no era la cocinera que ahora es, a un lugar ins�lito: Can Llu�s. Can Llu�s hab�a sido fundado por el abuelo Llu�s. Este se hizo con el restaurante apodado Can Mosques (por las moscas que persegu�an los salazones de bacalao) despu�s de a�os de regentar un bar, que tambi�n era club social y m�s cosas, en el que, bajo su batuta, se juntaban criadores de canarios y un coro vecinal. "Mi abuelo era un tipo curioso que se desviv�a por los dem�s. Era, para hacerse una idea, el que extend�a en aquel tiempo los certificados de buena conducta", apunta Ferran y le creemos. Digamos que �se era el esp�ritu del local que dio sus primeros pasos en plena dictadura de Primo de Rivera.Dibujo de Ralph Steadman en el libro de visitas de Can Llu�s.MUNDOPasaron los a�os y con ellos, una restauraci�n borb�nica, una rep�blica, una Guerra Civil y otra dictadura m�s. "Mientras, el restaurante nunca cerr�, ni siquiera durante la guerra", a�ade Ferran. Y as� hasta llegar a 1946, el a�o de la bomba. El episodio es citado, contado y recreado tanto por V�zquez Montalb�n en Historias de padres e hijos como por Andreu Mart�n en Cabaret Pompeya. Ruiz Zaf�n tambi�n se refiere a �l en El prisionero del cielo, pero de otra manera. El 26 de enero una pareja se sienta con una ni�a a comer. Como no hay sitio, se acomodan en la mesa para cuatro que ocupa un pintor en solitario. Pasan cinco minutos y un chaval joven entra a hablar con ellos. Algo pasa. Un rato despu�s, para sorpresa de todos, el restaurante es rodeado por la polic�a. Nadie puede entrar ni salir. Uno a uno los agentes piden la documentaci�n. Al llegar a la pareja, ella se levanta, coge algo del abrigo y lo arroja al suelo, a los pies, vaya por dios, del abuelo de Ferran. Es una bomba; una bomba que se lleva todo consigo apenas toca el pavimento. Ellos son, dice la literatura oficial, una c�lula anarquista en lo m�s crudo del fr�o invierno de la dictadura. Puede ser eso o todo lo contrario. La bomba, eso s�, no admite dudas. Se desencadena un tiroteo. La confusi�n lo puede todo. Muere el abuelo. Muere la mujer anarquista. Muere el t�o de Ferran. Al padre, el que acabar� por heredar el negocio antes de pasar a J�lia y a Ferran, le salva estar en ese momento en la mili. La peque�a se abraza a la abuela y, entre llantos por ver morir a la que es su madre, se lamenta de un disparo en la pierna. La ni�a, por cierto, se llama Libertad."Entonces no hab�amos nacido siquiera. El hueco de la bomba se qued� ah� para siempre protegido por un cristal. Fue todo tal desastre que la polic�a para justificar el estropicio lleg� a decir que en el s�tano del restaurante hab�a una almac�n de armas. Pero �ni siquiera hay s�tano en Can Llu�s!", comenta Ferran justo antes de recordar que mucho tiempo despu�s, all� en los a�os 80, una mujer volvi� al restaurante que ya regentaba �l. No hizo nada. No iba a comer. Simplemente entr� y en silencio se qued� justo ah�, absorta en mitad probablemente de cada uno de sus recuerdos. "Digo yo que ser�a la ni�a", comenta.Cuenta J�lia que Peret acab� casado con Santa (Fuensanta Escudero) gracias a Llu�s, el padre de Ferran, el que estaba en el ej�rcito cuando lo de la bomba. Lo cuenta con detalle. El tema le gusta. "Peret, que era uno m�s en el restaurante, se enamor� de una valenciana y hasta all� que se fue. La madre no estaba para nada de acuerdo con los arrebatos de su hijo. As� que se fingi� o la fingieron enferma y le oblig� a volver. Una vez de vuelta en Barcelona tuvo un accidente de moto y se qued� medio cojo con la pierna escayolada. En la convalecencia se le cruzo Santa. Pero ahora la que no quer�a era la madre de ella, no de �l. Y es ah� donde intervino Llu�s, mi suegro, para asegurar a todo el mundo, madre de ella incluida, que Peret era un buen chico". �Qu� hubiera sido de la rumba catalana sin Can Llu�s?De ah� en adelante, no hay episodio de la cultura catalana en la que Can Llu�s no intervenga por pasiva, activa o porque no quedaba m�s remedio. Lo atestiguan sus libros de firmas cuidadosamente guardados, cuidados, mimados. Por all� pasaron Els Joglars, Dagoll Dagom, Vol Ras, La Trinca y cuantos tuvieran que ofrecer algo sobre un escenario. Por all� se dejaron ver Mart� Verg�s, Rodri, Joaquim Basora, Rif�, Luis Su�rez, Johan Cruyff, el citado Messi cuando apenas era nada m�s que una promesa ("era tan joven que ni firm� en el libro") y hasta el eterno fisio del equipo �ngel Mur ("por cierto, me arregl� una lesi�n de mu�eca con solo obligarme a cambiar el reloj de mano", recuerda Ferran).Quim �vila Conde y Enric Auquer en una escena de 'Ravalear'.MUNDOAll� ten�an su cuartel general todos los artistas del m�tico escenario de variedades Llantiol, no en balde tambi�n regentado por J�lia y Ferran, desde Tricicle a Juan Tamarit pasando por los geniales y surrealistas Yuri y los cosmonautas. All� se entregaron los premios Luna, por la simpat�a, y Eclipse, por todo lo contrario, cuyos primeros galardonados fueron Roc�o Jurado, para bien, y Julio Iglesias, para lo otro. All� el actor Agust�n Gonz�lez dej� escrito que lo �nico comparable con la comida que acaba de disfrutar era "el inmenso orgasmo" experimentado justo antes de entrar al restaurante ("en otra ocasi�n posterior tuvo que dar explicaciones a su mujer por esa dedicatoria", puntualiza Ferran). All�, los dibujos y caricaturas de Fer, Jos� Lu�s Mart�n, �scar Nebreda o Kim y su Mart�nez el Facha. Todos de El Jueves. All� mismo lleg� un d�a Ovidi Montllor, habitual de la casa, para despedirse. El c�ncer acabar�a con �l semanas despu�s.All� com�an todos los d�as (o casi) desde Terenci Moix a Joaquim Jord�. El primero escrib�a y el segundo planeaba su pel�cula y obra maestra De Nens. Pol, director de Ravalear e hijo de Ferran, acabar�a de ayudante de direcci�n de esta pel�cula sobre, precisamente, la degradaci�n interesada de El Raval. Y as�, entre De Nens y Ravalear, Can Llu�s. La �ltima jugada del destino tiene algo de comedia, de farsa amarga. Si uno se acerca por la calle de la Cera, Can Llu�s sigue ah� en le mismo Raval de siempre. Sigue su memoria intacta, claro, pero tambi�n un restaurante con su mismo nombre. "El local ahora es propiedad de unos rusos que, con ojo para el marketing, mantienen la decoraci�n tal cual. Hasta con las mismas fotos", aclara Pol.J�lia recuerda la xatonada tibia con pi�ones, la romescada de bacalao, los mejillones de roca, el arroz del senyoret, las papas arrugadas que sorprend�an hasta a los mismos canarios, los garbanzos con calamarcitos, las habitas a la catalana, las alcachofas a la brasa, las mongetes con butifarra, las alb�ndigas con sepia, los canelones con ternera y, por supuesto, el men� V�zquez Montalb�n compuesto de escudella alicantina u olleta de Alcoy —debidamente preparada, por supuesto, con oreja y pies de cerdo, nabos, arroz, jud�as y butifarr�— seguida de un cabrito al horno... Y Ferran le da la raz�n. Ya hay hambre. "Enmarcado bajo una apariencia modesta y con cierto aire farandulero impregnado de los misterios de la vieja Barcelona, Can Llu�s ofrec�a una cocina exquisita, un servicio de libro de texto y una lista de precios que incluso Ferm�n o yo nos pod�amos costear. Las noches entre semana sol�a juntarse all� una parroquia bohemia con gentes del teatro, las letras y otras criaturas del buen y mal vivir brindando mano a mano", se lee en El prisionero del cielo de Carlos Ruiz Zaf�n. Somos lo que comemos.