Esta segunda vuelta, particularmente, desarma las coartadas y las maromas mentales necesarias para poder votar por alguna de las candidaturas en disputa. Empecemos por la izquierda que, abrazada al radicalismo de un sentenciado por el asesinato de policías y cuyo partido fue declarado ilegal por la Corte Suprema, ha perdido automáticamente toda autoridad moral para fiscalizar el pasado autoritario y corrupto del fujimorismo; convirtiendo la elección ya no en una batalla contra el “comunismo”, por un lado, o contra el “fascismo”, por el otro, sino en un espejo donde ambos lados se reflejan con la misma falta de escrúpulos, hasta confundirse. Si se va a votar este 7 de junio por Keiko Fujimori, habrá que tragarse, enterito, el sapo de legitimar un proyecto que arrastra la pesada herencia del autogolpe del 5 de abril de 1992, la captura corporativa de las instituciones y un esquema parlamentario dedicado a la depredación y al blindaje mutuo. Si, por el contrario, la opción es Roberto Sánchez, el sapo, ojo, será igual de venenoso: habrá que digerir la complicidad abierta con el golpe de Estado televisado de Pedro Castillo el 7 de diciembre de 2022, del cual Sánchez fue ministro y defensor político. Así que, por favor, que nadie venga a estas alturas con fanatismos, adicciones ideológicas, discursos de salvación contra el comunismo o cruzadas antifascistas. La realidad —incómoda, sucia y evidente— es que en esta segunda vuelta están obligando a elegir entre dos vertientes que comparten la misma precariedad. El archivo no miente y la memoria no debería ser selectiva. El sustrato autoritario de ambos espacios es equivalente. El fujimorismo justificó la disolución de los poderes públicos en los noventa bajo el pretexto de la viabilidad nacional. La izquierda radical que hoy rodea a Sánchez hizo lo propio con el manotazo de ahogado de Castillo, minimizándolo como un "pobre discurso" o blindando sistemáticamente al golpista en el Congreso, incluso después de que la Corte Suprema lo condenara en primera instancia a 11 años de prisión por conspiración para la rebelión. Reivindicar, relativizar o escudarse en apelaciones frente a un quiebre constitucional, haya sido exitoso o torpe, proviene de la misma matriz: el desprecio por las reglas del juego cuando el tablero no favorece. Amigo celeste, como ejercicio: si tanto gusta la mano dura, imagina la mano dura de Antauro. ¿Allí ya no gusta la mano dura? Para colmo, si se mira el comportamiento de sus respectivas bancadas en el Parlamento, la supuesta "lucha de clases" se evapora. Fuerza Popular y los bloques de izquierda que sostienen a Sánchez han votado de la mano cada vez que les tocó defender intereses particulares: desmantelaron la reforma universitaria para favorecer el negocio de las universidades fachada, aprobaron las leyes que mutilaron la colaboración eficaz, debilitaron la lucha contra el crimen organizado y asaltaron el Tribunal Constitucional y la Defensoría del Pueblo. Pero su pacto más ecocida tiene nombre propio: el REINFO. Juntos han prorrogado sistemáticamente este paraguas de impunidad hasta diciembre del 2026, formalizando la destrucción de la Amazonía y blindando a las mafias de la minería ilegal. Son socios en el desmantelamiento del Estado de derecho. Hermanos siameses de la depredación política y también ambiental. Es en este lodo donde emerge el factor Antauro Humala como el gran "igualador de lo inaceptable", dinamitando cualquier pretensión de superioridad ética en la izquierda. Y aquí el fact-checking jurídico es demoledor: a la coalición de Sánchez se le cae la careta democrática por el mismo peso de la ley. Así como en su momento el Movadef fue imposibilitado de inscribirse y participar en el sistema político por adherir al nefasto "Pensamiento Gonzalo" —es decir, por ser el brazo político del terrorismo, un ideario que propugna la violencia, la muerte y la destrucción del orden constitucional—, al partido A.N.T.A.U.R.O. le pasó exactamente lo mismo. La Corte Suprema de la República ratificó su ilegalidad y disolución definitiva bajo la misma doctrina de defensa del sistema: la justicia demostró que la organización violaba los principios democráticos mediante discursos de odio, xenofobia, violencia contra funcionarios, apología al fusilamiento de opositores y también desprecio por las minorías sexuales. Así que, amigo progre de izquierda, aquí la situación es más que complicada. Que el espacio de Sánchez coquetee o lleve en su alianza fáctica a un caudillo cuya organización fue proscrita por inviabilidad democrática anula cualquier discurso progresista sobre, por ejemplo, los derechos humanos. No se puede condenar un extremismo mientras se recibe al otro. Por supuesto, no debe olvidarse que el espejo también refleja a la derecha. La presencia de Antauro en el entorno de Juntos por el Perú actúa como el "cuco" perfecto de la campaña. Digamos que el justificado pánico al extremismo violento y explícito del etnocacerismo podría terminar nivelando la cancha a favor de Fuerza Popular. Para el electorado de centro y la derecha liberal, el miedo al caos que encarna Antauro Humala funciona como un anestésico de la memoria. El horror al futuro termina limpiando y perdonando el asco del pasado. La mesa está puesta para el 7 de junio y ha dejado una encrucijada sin salida moral. Quien vote por Sánchez no podrá volver a presentarse como el guardián de la democracia tras haberse aliado con golpistas y justificadores de doctrinas proscritas. Quien vote por Fujimori tendrá que aceptar que su opción solo se sostiene gracias al terror que genera el adversario. Dejen los fanatismos de lado. Toca elegir entre la derecha autoritaria corporativa que capturó las instituciones desde el Parlamento y la izquierda que coqueteó con el golpismo trasnochado y se abraza a sentenciados por violencia subversiva. Si el fujimorismo da asco, el radicalismo de enfrente no puede parecer un refugio. El menú es idénticamente repulsivo. Al final del día, la mugre ha igualado a todos. Buen provecho, Perú.