Ambos aspirantes enarbolan la mano dura contra la delincuencia para las presidenciales del 7 de junio, en un país sumido en una crisis política y de seguridad
Keiko Fujimori, la hija del autócrata que degradó a las instituciones públicas en los años noventa, ha vuelto a quedar a las puertas de la presidencia de Perú. A pesar del rechazo que produce la lideresa de Fuerza Popular, señalada como la principal culpable de la inestabilidad que atraviesa el país, el recuento de actas al 55% por la Oficina Nacional de Procesos Electorales la coloca en segunda vuelta por cuarta elección consecutiva con el 17% de los votos válidos.
La política, que a los 19 años reemplazó a su madre como primera dama después de que esta denunciara haber sido torturada por su padre, no ocupó el primer lugar durante toda la campaña. Más bien se mantuvo expectante, como buena estratega, a la espera del tramo final. Bajo el lema “es momento de recuperar el orden”, Keiko Fujimori revalidó su condición de favorita debido a un núcleo duro de votantes que no suele afirmar sus preferencias en los sondeos, en el denominado voto escondido o voto de la vergüenza. Pero también por su habilidad para liderar una organización política con una sólida estructura que continúa despertando esperanza en un sector de la población.
















