Hay una idea que abre la exposición El culto a la belleza del CCCB que llama poderosamente la atención. Se revela nada más entrar, cuando una modelo canónica esculpida con IA confiesa, cara a cara con el visitante, que ni siquiera ella está conforme con su gracia. Esta decepción indica que algo falla en el ideal de belleza que nos bombardea desde la mañana hasta la noche a través de las pantallas. No solo es imposible, sino que es arbitrario y responde al peso de la moralidad, el estatus social, el poder económico, el género y el origen étnico en cada momento de la historia, según va mostrando un extenso recorrido por 400 obras y documentos que atestiguan lo caprichoso que puede ser este imaginario. Hasta el 8 de noviembre hay tiempo para dar vueltas a esta compleja muestra, que huye del binarismo bello-feo para atender la realidad que no muestran las pantallas. Según sus comisarias, blanca arias y Júlia Llull, “es optimista pero no utópica”. En un momento de máxima presión estética, donde los espejos y las pantallas que nos devuelven la propia imagen se han multiplicado por doquier, El culto a la belleza se cuela como un ensayo necesario que va más allá de los límites establecidos para “invitar a ampliar lo que se considera bello” con una propuesta “radicalmente política”, según blanca arias, y que “pone el foco en todo aquello que las pantallas no dejan ver”, según Júlia Llull. Juntas, han adaptado al CCCB una exposición que nació en la Wellcome Collection de Londres, de la mano de Janice Li.Como dice Judit Carrera, citando a Umberto Eco en su Historia de la belleza, “la belleza es una aspiración universal, pero nunca es absoluta ni inmutable, sino que depende de cada contexto histórico y cultural”. Una búsqueda que califican de legítima las comisarias, que defienden la belleza no como un privilegio, sino como un derecho, pero abriendo el abanico de su definición, como muestran muchas de las pinturas, fotografías e instalaciones que llenan las salas, donde hay obras conocidas y otras de nueva creación, como Los misterios de las bellezas del Colectivo Ayllu (2023-2026), un altar con espejos, telas, plantas y otros elementos que desbordan los marcos occidentales de lo que es bello.Es este marco el que reproduce la obra mencionada al inicio, un vídeo donde la primera influencer generada con un código fuente por la agencia creativa The Clueless admite su frustración. También es de nueva creación la instalación inmersiva Mirror Mirror on the Wall (2023-2026), de Xcessive Aesthetics, que evoca la experiencia en el baño de una discoteca, donde los retoques de maquillaje de las mujeres se retroalimentan con vídeos de TikTok con trucos de belleza, anuncios sobre cirugía estética o personajes públicos que lucen una delgadez extrema.En esta primera mirada crítica con la presión estética, irrumpen los autorretratos de Juno Calypso, que muestran como de alienantes pueden ser las rutinas de belleza que siguen millones de mujeres, como la fotografía donde se pone, sola en casa, una máscara para un tratamiento facial. Asimismo, una imagen de Antoni Miralda, Hazañas bélicas (1969), sirve para denunciar el uso del cuerpo femenino como campo de batalla, con una multitud de soldados encima de una mujer desnuda listos para disparar. Luego van apareciendo las formas de disidencia, desde las gitanas que pintó Isidro Nonell a principios del siglo XX hasta las que fotografió Colita en los años sesenta. Una fotografía de Norma Pérez, titulada No soy moderna, soy mucho más antigua (2022), recuerda que los seres hermafroditas forman parte de este mundo desde la antigüedad. También se exponen con voluntad de abrir la mirada los refinados figurines de Ismael Smith, pintados alrededor de 1913 que, igual que la propuesta olfativa Perfumes masculinos, creada para la ocasión por la Fundación Ernesto Ventós, forman parte de la parte dedicada a la belleza masculina. No en vano, en El culto a la belleza, la presión sobre los hombres tiene un peso mucho menor, como en la realidad misma.Los concursos de belleza son inspeccionados con fotografías de Zed Nelson, en una sala dedicada a repasar como los juguetes ya van cimentando entre las niñas su imaginario como miembros del segundo sexo, como lo apodó Simone de Beauvoir. Cuentos infantiles como Rapunzel o Ricitos de Oro comparten espacio con estanterías repletas de muñecas Barbie. Todos ellos productos que encaminan sin reparo a las potenciales mujeres hacia sus roles en las sociedades patriarcales. Un sino que contrarrestan las fotografías de Roberta Marrero, donde cuerpos desnudos y en posturas provocativas gritan My pussy my power (2012-2018).Con voluntad de desbordar el canon dominante, destacan los autorretratos de Yunping Li, una artista que se muestra a si mismo desnudo como representante de comunidades queer y racializadas para expandir la cuestión identitaria. O las fotografías de Haley Morris-Cafiero, especialmente Speedo Man, donde ella misma, vestida como si fuera un hombre en bañador, espeta al espectador: “Why don’t you just say no to food and try a Little exercise?” (¿Por qué no tratas de renunciar a comer y haces algo de ejercicio?). Esa frase que los haters han escrito tantas veces a personas con cuerpos no normativos en Instagram. Cuan necesarios son relatos “revolucionarios”, según Judit Carrera, ante una industria de la belleza que cabalga desbocada generando necesidades, que arrastran a mujeres, cada vez más jóvenes, a rituales agotadores hacia un ideal imposible de juventud eterna. Pero entre las últimas obras, resalta una frase que añade más complejidad, y una pátina de clasismo, a la cuestión: “No tiene ningún sentido ser bello si nadie es feo”. Esta afirmación subyace en la obra Makeupbrutalism, de Ester Magyar, una maquilladora que ha convertido su oficio en arte para cuestionar la importancia de la belleza en la sociedad actual. Una belleza cada vez más enfermiza.
‘El culto a la belleza’: Ni la modelo canónica esculpida con IA se conforma con su gracia
El CCCB interrelaciona más de 400 obras de arte y documentos para cuestionar los restrictivos canones actuales








