El auge de la cirugía estética no frena pese a la falta de estudios que evalúen sus efectos a largo plazo
En Todo sobre mi madre, la Agrado pronuncia un monólogo que tiene algo de profecía. “Además de agradable, soy muy auténtica. Miren qué cuerpo: todo hecho a medida”, dice, y pasa a desgranar su periplo quirúrgico: “rasgado de ojos, 80.000, nariz, 200, tetas, dos, porque no soy ningún monstruo, 70 cada una, silicona, frente, pómulo, cadera, culo, el litro cuesta unas 100.000, así que echad las cuentas porque yo las he perdido…" Y remata con una frase que podría ser el eslogan de una clínica de estética: “Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma”.
La cirugía, y la medicina en general, se suelen dedicar a personas que sufren alguna patología, para arreglar algo que no funciona. La cirugía plástica, en cambio, se practica a menudo en personas sanas movidas por un deseo: mejorar su aspecto, quizá, como decía la Agrado, cumplir un sueño. Jorge Javier Vázquez, el popular presentador, apareció hace unos días en su programa de televisión con la cara de otro. “Hola a todos, soy Jorge Javier, aunque no lo parezca”, dijo.
Su caso, como el de Courteney Cox, Mickey Rourke o muchos famosos que no aceptan su aspecto o el paso del tiempo, ilustra los riesgos de una cultura que anima a perseguir todas las aspiraciones, ve el conformismo como una debilidad de carácter y confía en la técnica para cumplir todos los deseos.







