La resignación está dando sus últimos coletazos en el primer cuarto del siglo XXI. Especialmente, aquella que nos invita a consolarnos con la lotería genética que nos ha tocado, o a aceptar las huellas del paso del tiempo que hasta hace poco se consideraba “inexorable” y ahora, a saber…

El filósofo Zygmunt Bauman definía el cuerpo del consumidor del nuevo siglo como una materia “en estado de perpetuo escrutinio” para conseguir “estar en forma”. Una condición aspiracional que consideraba “líquida y subjetiva”. Escribía el filósofo en su libro Modernidad líquida (Fondo de Cultura Económica, 2003): “Todos los que buscan estar en forma solo tienen una certeza: que no están suficientemente en forma y deben seguir esforzándose”.

La ambición de esos cuerpos es adecuarse a unos ciclos estéticos que son cada vez más cortos y extremos. Una ola que en 2022 cogió como nadie la empresaria y figura pública Kim Kardashian cuando en la Gala del Met apareció sin las curvas que había globalizado en internet y las cambió por un torso anguloso y delgado que entraba como un guante en el vestido vintage que llevó Marilyn Monroe la noche del célebre “happy birthday, Mr. President”. Un volantazo estético contabilizado en ocho kilos menos, gracias a Ozempic —el fármaco para tratar la diabetes tipo 2 que ha cambiado el paradigma del tratamiento de la obesidad—y a la retirada de sus implantes de glúteos.