El yugo de la obsesión por la belleza siempre había pesado sobre las mujeres, pero ahora pesa mucho más
Hay a quien Los domingos, la película sobre la vocación religiosa de una adolescente, le ha parecido una peli de terror. A mí me ha ocurrido con
03/la-belleza-es-una-cuestion-de-clase-en-el-futuro-los-ricos-aparentaran-tener-20-anos-y-solo-envejeceran-los-pobres.html" data-link-track-dtm=""> Diva Virtual, un ensayo firmado por la periodista inglesa Ellen Atlanta. El libro arranca en España, porque fue en el desierto de Tabernas donde la autora se cayó del caballo. Hasta aquí había llegado junto a sus compañeros de trabajo, porque antes había corporaciones que le ponían pisos a sus obreros y ahora las hay que los llevan a hoteles boutique a hacer yoga y beber té matcha para que trabajen durante días sin pagarles las horas extra.
En esas se encontraba Ellen, feminista y entonces veinteañera, cuando se dio cuenta de que la aplicación de tratamientos de belleza que estaba desarrollando junto a su equipo no era en absoluto feminista. Se trataba de una guía de tratamientos que iban desde la peluquería hasta la cirugía estética, y Ellen se hizo una pregunta más que pertinente: ¿puede una industria que se basa en fomentar y alimentar las inseguridades de las mujeres para luego intentar paliarlas —ya sea mediante un tinte o un bisturí—ser feminista? La respuesta es evidente: no.






