Un chiquito de no más de tres años camina por una avenida porteña cuando pasa un Porsche negro reluciente. Se le abren grandes los ojos y lo sigue con la mirada hasta que dobla en una esquina. No lo vio antes en una publicidad, no lo influenció nadie: simplemente reconoció que ese auto era algo único y especial y reaccionó en consecuencia. Esa escena, que Anabella Weber (consultora de marcas de lujo) relata al comienzo de "Lujo" (Ediciones Lea), su flamante libro, le sirve para explicar algo que la ocupa hace más de veinte años: el lujo atrae, seduce y conquista de una forma que es casi instintiva, universal y que atraviesa generaciones. Y aunque requiera un gran capital para acceder a él, su construcción es un arte del que todos pueden aprender.

La arquitectura del deseo

¿Qué es el lujo? La pregunta parece simple pero no lo es. El concepto cambió radicalmente a lo largo de la historia: si en la Antigüedad era acumulación (los faraones enterrados con sus joyas y su oro), hoy migró hacia algo mucho más difícil de asir. Se habla de lujo experiencial, de lujo silencioso, de democratización. Y aunque el precio sigue siendo una barrera, ya no es lo único que define si algo pertenece o no a este mundo.