Las ultimas jornadas de la semana de la moda de Milán han puesto en cuestión cómo se ven ciertas marcas a sí mismas: ya sea desde el legado, el futuro, el diseño o la viralidad
La caída de ventas en el sector del lujo propició el movimiento de más de una decena de directores creativos, principalmente la temporada pasada: están probando si con un cambio radical de estrategia creativa se renueva el deseo de consumo y/o se amplía clientela. El hecho, además, de que en los últimos dos años las marcas se hayan centrado en los millonarios y hayan subido los precios hasta duplicarlos, en algunos casos, ha hecho que los VIC (siglas de very important clients) empiecen a ocupar cada vez más asientos en los desfiles; asientos que, hasta hace bien poco, estaban reservados a las influencers.
Pero si las marcas lo apuestan todo a su clientela fiel y, al mismo tiempo, cambian de diseñador, cabe preguntarse hasta qué punto importa la identidad de una firma. Aunque, antes de llegar a esa cuestión, hay qué definir de qué hablamos cuando hablamos de identidad.
De hecho, hay identidades que trascienden al propio director creativo o incluso al propio legado. El ejemplo más claro estos días es la idea de lo que es Gucci (la guccicidad, como la llama Demna), un concepto que para mucha gente, más de la que creemos, está por encima de diseñadores y estilos. Hay quien cree que cuando un diseñador/fundador fallece o se retira su firma debería cerrarse; pero esto no es arte, aquí no hay artistas, aunque el relato social de la moda sea similar. Aquí hay empresarios que mueven millones, incluso miles de millones, haciendo creer que la moda es, en ocasiones, una forma de arte. Y el show debe continuar.






