Pablo Foncillas

Hace no tanto, el lujo era algo concreto. Se podía tocar, fotografiar, colgar de un hombro o aparcar en la puerta. Era el Rolex, el bolso con monograma, los metros cuadrados, el coche en la entrada. El lujo existía para ser visto.

Pero algo se ha roto en esa ecuación. Quizá fue la pandemia, que nos obligó a mirar hacia dentro cuando ya no podíamos salir. Quizá fue el cansancio de una generación que vio a sus padres cambiar tiempo por hipoteca y empezó a preguntarse si el trato compensaba. O quizá, sencillamente, hemos saturado el mercado de la apariencia, que nos muestra que cuando todo el mundo puede aparentar, deja de significar algo.

Hoy, el nuevo lujo se ha vuelto invisible. Ya no consiste tanto en tener más, sino en necesitar menos. Una mañana cualquiera en una terraza con un café. La libertad de decir que no sin que esa decisión te cueste el alquiler. Una agenda que no esté colonizada por obligaciones ajenas. Tiempo, calma, atención, autonomía.

La propia industria del lujo hace tiempo que reconoce este desplazamiento. El Bain & Company–Altagamma Luxury Goods Worldwide Market Study es un punto de información más en esta dirección. En él se habla de un “cambio tectónico” y se apunta a una transición del consumo ostentoso hacia la experiencia, el bienestar, la conexión y la autorrecompensa.