Cada vez resulta más difícil determinar cuál es la canción del verano. La fama ha pasado de señalar un tema concreto a ensalzar a los artistas del momento, intérpretes que se han convertido en ricas personalidades con impacto a escala internacional y que, en muchas ocasiones, se jactan de ello en sus composiciones. No es difícil que en cualquier letra se cuele una marca de ropa o la casa de coches deportivos. Mientras las estrellas presumen de Gucci, Versace (como en La Combi Versace de Rosalía y Tokischa) o de tener un “Lamb...
o” (diminutivo de Lamborghini), su público se conforma con repetir la cantinela con el abono transporte en el bolsillo, ver todo lo que publican en redes y esperar largas colas digitales para hacerse con una entrada a un precio disparatado. Aunque resulta llamativo comprobar cómo la cultura del despilfarro llega a toda la población a través de la música, esta se extiende a otros gremios y personajes susceptibles de poder convertirse en modelos a seguir por las audiencias.
Pero esto no siempre fue así, hubo un tiempo en el que aparentar poderío económico no estaba del todo bien visto. El investigador W. David Marx, autor de Status and Culture (cultura y estatus, sin edición en español), nos cuenta por correo electrónico que, en el siglo pasado, “los artistas a menudo reflejaban sentimientos [basados en la pasión por crear y contrarios al beneficio económico] en su forma de hablar y comportarse,” como Alanis Morissette o Nirvana, que pretendían transmitir autenticidad con sus composiciones y actitudes, en lugar de pavonearse. “El hip hop bling de la década de los noventa cambió eso al convertir el dinero en un símbolo de aspiración, pero aún más importante, de liberación. El éxito financiero de un artista ‘de la calle’ era una forma de inversión social: una protesta”. Más tarde aparecieron en la escena bandas y solistas creadas como producto y dirigidas hacia una audiencia adolescente, como The Back Street Boys o Britney Spears, y la elección de este público objetivo no era casual.







