Las personas más acaudaladas del planeta dan prioridad a las experiencias únicas frente a la compra de bienes de lujo

Hace unos meses, Gonzalo Gimeno, consejero delegado de una agencia de viajes personalizados llamada Elefant Travel, recibió la llamada de un conocido empresario. No sabemos su nombre, pero sí los detalles del encargo: planificar una ruta para dar la vuelta al mun...

do en cinco años, viajando un mes al año. Todas las paradas debían basarse en el temario que sus hijos daban en el cole. Tras contactar incluso con una educadora, Gimeno cumplió con el pedido. El presupuesto era de un millón de euros por mes, sin contar aviones, ya que el cliente tenía uno propio. “Al final pasó algo surrealista”, relata el agente de viajes. “Al empresario le da miedo volar. Así que nunca se fueron”.

Gastarse un millón de euros no es tan complicado como parece. Hay formas muy creativas para hacerlo, y se diría que cada vez más. Los ultrarricos, esa ínfima fracción de la población mundial que concentra una gran parte de la riqueza, está cambiando sus hábitos de consumo. Mientras el gasto en bienes de lujo ha entrado en retroceso, o al menos se ha estancado tras el rebote pospandémico, la demanda de experiencias se ha disparado. Estas pueden ir desde un viaje común hasta cualquier punto imaginable: visitar las ruinas submarinas del Titanic, ver un partido de la NBA al lado de Rihanna, o tomarse un vermú con alguien de la realeza.