Viajan con sus clientes en jets, cocinan en yates o villas de verano y ganan mucho más que en un restaurante. Pero detrás del glamour, muchos describen su trabajo como una jaula de oro

Cenar en Hong Kong y viajar en jet privado para comer al día siguiente en Cuba parece una escena de la serie Succession, pero fue durante varios años la realidad de Pablo Albuerne, más conocido como @gipsychef. Albuerne viajó codo con codo con un importante empresario chino durante casi cinco años por todo el mundo y acabó convirtiéndose en su gurú gastronómico: le preparaba las comidas, sí, pero también le gestionaba reservas en restaurantes, le aconsejaba qué pedir o le compraba el mejor jamón de bellota del mercado si se le antojaba.

Es uno de los muchos ejemplos de cómo el oficio de chef privado va mucho más allá de los fogones: entre sus tareas está gestionar expectativas, hacer de nutricionista improvisado e incluso de confidente en la sombra.

Tener un cocinero personal no está al alcance de muchos. Aun así, existen diversas tipologías de cliente y, dentro del sector, también jerarquías. Hay profesionales que trabajan por temporada en villas o barcos —especialmente en destinos como las Baleares o la Costa Azul— cuya función es garantizar una experiencia gastronómica completa durante las vacaciones. En un nivel intermedio se sitúan quienes cocinan para familias con varias residencias: conocen sus gustos, planifican menús y gestionan proveedores durante todo el año, aunque solo en algunos casos los acompañan en sus desplazamientos. Y en el extremo superior aparecen los private chefs to UHNWIs, —Ultra High-Net-Worth Individuals, es decir, personas con patrimonios superiores a los 30 millones de dólares—, que viajan junto a sus empleadores por el mundo y se encargan de todo lo relacionado con su alimentación: desde cocinar y comprar hasta reservar mesas o supervisar equipos locales allí donde se encuentren.