En ‘American Psycho’, por ejemplo, los restaurantes sirven como un elemento simbólico para pulsar asuntos como el poder, el deterioro de los valores o la obsesión por la imagen
“Esta noche tenemos raviolis rellenos de calamares con caldo de limoncillo y profiteroles de queso de cabra. También tengo una ensalada César con rúcula. De segundo tengo pastel de emperador con mermelada de cebolla; pechuga de perdiz asada en compota de frambuesa con hojaldre de acedera; y liebre a la plancha con patatas fritas a las finas hierbas”. De esta sugerente manera arrancaba hace un cuarto de siglo American Psycho, u...
na película donde el humor negro y la sátira sobre la vacuidad vital de la élite de Wall Street en la década de 1980 se trenzan con las obsesiones y la tenebrosa personalidad psicopática de Patrick Bateman. La icónica novela de Bret Easton Ellis sobre la que se basó la versión cinematográfica enfatiza el convencimiento de que los rasgos más oscuros de la naturaleza humana prosperan en entornos donde la supervisión es relajada y se permite operar con relativa libertad a los expertos en manipular y explotar las debilidades del sistema.
El protagonista es Patrick Bateman, un joven y exitoso yuppie, obsesionado con la apariencia, la riqueza y la posición social. Entre sus diversas fijaciones se encuentran el cuidado personal, la moda, la música y, como no podía ser de otra forma, la gastronomía. En la visión satírica del modo de vida de los jóvenes ejecutivos, los restaurantes sirven como un elemento simbólico para pulsar cuestiones como el poder, el deterioro de los valores o la obsesión por la imagen. A medida que avanza la trama y la mente del protagonista se va desquiciando y deriva en un cruel asesino en serie, intentar reservar mesa en locales imposibles como Dorsia se vuelve una rutina.






