Los museos, que según especialistas son precursores de la globalización cultural, siempre han procurado sobrevivir al ritmo vertiginoso de los cambios de su tiempo. Hoy intentan transformarse para responder a los hábitos culturales de las diversas generaciones que los visitan y para tener sentido en la vida de gente que vive conectada a dispositivos móviles y otros entornos digitales que exigen habilidades muy ajenas a la concentración sostenida o a la contemplación.Desde los griegos, que en Atenas y Delfos crearon durante el siglo V a.C. los Tesauroi para resguardar las más bellas obras ofrendadas a las divinidades, o las Pinakotheke que reunían en la Acrópolis pinturas realizadas en tablas de madera, y luego los museum, donde los romanos guardaban sus trofeos de guerra… hay un largo camino hasta los museos del siglo XXI.El escritor turco Omar Pamuk, autor de El museo de la inocencia, reflexiona sobre aquello que permanece: “Los museos son lugares donde el tiempo se transforma en espacio. Al entrar en un museo, se experimenta una nueva y artificial percepción del tiempo, y el cuerpo la descubre al moverse entre los objetos. No es la riqueza, el oro ni las cualidades estéticas particulares del objeto, sino su conjunto lo que lo hace interesante. En ese sentido, los museos se parecen mucho a las novelas. Nos perdemos en ellas, descubrimos pequeños detalles, pero la composición y la sensación general de la obra son lo más importante”.Hoy en día, profesionales museísticos buscan la forma de generar diferentes diálogos del público con sus acervos o actividades paralelas estimulantes. Hace poco visité en el Museo Thyssen de Madrid una exposición curada con perspectiva de género. Se trata de Guercino y sus heroínas bíblicas. El foco de la muestra es la representación de la mujer dentro de la producción religiosa del destacado pintor barroco italiano. El resultado es asombroso. Mujeres anónimas como la samaritana o la mujer adúltera, así como Salomé, Dalila, Susana o Agar, resultan, a los ojos de este maestro del siglo XVII, en su obra reunida, las protagonistas de las historias. Ni víctimas ni villanas. La sala estaba llena.En México, según el último reporte de INEGI, el índice de visitas a museos no se ha recuperado desde la pandemia ni ha podido superar el máximo histórico de 75.2 millones de usuarios en 2017. En 2025 se contabilizaron 52.2 millones.A pesar de todo, los museos permanecen, le dan vida a las ciudades y conservan atmósferas especiales para el público. La historiadora del arte y curadora María Helena González analiza, desde las ciencias cognitivas, el potencial de bienestar colectivo que produce una buena experiencia museística, además de los beneficios económicos cuando hay visión y políticas públicas favorables. Propone que se midan no sólo aspectos sociodemográficos sino también los alcances del museo a nivel de salud emocional, cognitiva, social y física. “Pero sin recursos, sin evaluación, sin política cultural sostenida, ese potencial no se activa”, advierte (en La Jornada, Morelos, 18/V/26).Las enormes filas para ver la colección Gelman en el Museo de Arte Moderno (más de 200 mil la han visitado) son dignas de estudio. La avidez por la reapertura del Museo Dolores Olmedo en Xochimilco, también. Sería triste celebrar que el MAM extiende hasta julio la exposición de ese rico acervo debido únicamente a su potencial turístico durante el Mundial de Futbol, y que el otro sólo reabre sus puertas al sur de la ciudad, por lo mismo. ¿Y después?Las cifras de visitantes y la expectación que los dos museos despiertan en diversos públicos ¿algo les dicen a quiénes toman las decisiones? Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.