El subconsciente tiende a pensar en el famoso índice de precios al consumo (IPC) cuando se habla de inflación. Sin embargo, la subida de los precios no solo se refleja en este indicador centrado en la cesta de la compra. Existen otras métricas que bancos centrales, economistas y estrategas de mercados cotejan para discernir mejor por dónde viene el aire. Una de ellas es el índice de precios al productor (IPP), que mide la inflación desde el punto de vista del que fabrica o vende, no del que compra en la tienda. En otras palabras, cuantifica la subida de los precios al principio de la cadena y no al final, como hace el IPC. Este indicador 'Cenicienta' -suele pasar desapercibido como la protagonista del cuento de hadas inmortalizado por Disney hasta que llega el baile- está empezando a dar avisos de hacia dónde va el shock inflacionario desatado por la guerra en Irán. Aunque con unas cifras no muy escandalosas, un primer aviso serio llega desde Alemania, actualmente en horas bajas pero tradicional 'fábrica' de Europa.Lo primero es terminar de redondear el concepto. El IPP captura los precios cuando el producto sale de la fábrica, la granja o la mina. No incluye impuestos al consumo, costes de transporte comercial o márgenes de ganancia de los minoristas. Pese a que vive en cierto ostracismo cuando se publican los datos nacionales salvo sorpresa mayúscula, el IPP es importante en la medida en que es un indicador adelantado: si a los fabricantes les cuesta más producir un bien (porque subió la luz o los insumos empleados), lo más probable es que terminen subiendo el precio final para no perder dinero. Este cierto 'efecto dominó' hace que sea más criticable no tener en cuenta al indicador.