Son como una secta. Los trumpistas rezan juntos, se encomiendan a su dios ante la guerra contra Irán impulsada por su líder, como si se tratara de una nueva Cruzada. Han creado una oficina de asuntos religiosos en la Casa Blanca, que básicamente es una oficina de propagación del cristianismo. Combaten la libertad religiosa; amparan las batallas legales para que haya escuelas cristianas concertadas; organizan oraciones en instalaciones gubernamentales, como las dirigidas por el secretario de Guerra, Pete Hegseth –quien habla de “soldados en una causa espiritual” cuando se refiere a los ataques sobre Irán–; e incluso se arremolinan para orar en el Despacho Oval en torno a Donald Trump.

No en vano, según dijo el propio presidente de EEUU en su día, Dios evitó que fuera asesinado en Butler (Pensilvania), el 13 de julio de 2024, para poder volver a la Casa Blanca. Es decir, como los Blues Brothers, Trump piensa de sí mismo que está en una misión divina. “Sólo dios impidió lo impensable”, afirmó tras el atentado.