“No le temo a la Administración Trump. Seguiré hablando con firmeza sobre el mensaje del Evangelio, aquel por el cual trabaja la Iglesia”. En pleno vuelo que le llevaba desde Roma a Argelia, León XIV respondía el 13 de abril a las críticas de Donald Trump, quien había publicado en su red social una larga diatriba contra su compatriota afirmando sin ningún tipo de filtro que “el papa León es DÉBIL con el crimen y terrible en política exterior”. Conocida su intolerancia a las críticas, al presidente de los Estados Unidos no le gustó que el primer papa yanqui de la historia calificase de “inaceptable” su amenaza de liquidar la civilización iraní y arremetió contra él como si fuese Nicolás Maduro, en lugar del líder religioso de una comunidad transnacional y multiétnica de 1.400 millones de personas. Uno a quien escuchan –lo que no hacían con Francisco– unos 60 millones de católicos en Estados Unidos, el 56% de los cuales votó por Trump en las elecciones de 2024, un factor decisivo en su segunda llegada a la Casa Blanca. Tres semanas después del ataque de Trump contra Robert F. Prevost, el pasado 7 de mayo, con una comitiva de más de una veintena de vehículos que paralizó la Via della Conciliazione, el secretario de Estado Marco Rubio se dirigía al Vaticano para mantener una audiencia con León XIV. En la agenda, se informó, estaría la situación de Oriente Medio, con Líbano e Irán, o la ayuda humanitaria a Cuba, para la que Estados Unidos sólo confía en Cáritas, la organización de la Iglesia católica. Pero el jefe de la diplomacia vaticana, el cardenal Pietro Parolin, a quien nunca se le escapa una palabra que no haya pensado antes a fondo, sí quiso enmarcar la visita en lo que, de fondo, se pretendía. “Lo escucharemos; la iniciativa fue de ellos”, dijo el cardenal. “Discutiremos todo lo ocurrido en los últimos días. No podemos evitar abordar estos temas”, agregó. Con la mayor caída de popularidad de Trump en este nuevo mandato, con unas elecciones determinantes de mitad de término en noviembre, y con distintas confesiones y religiones –musulmanes incluidos– escandalizadas por las imágenes que el propio Trump había difundido presentándose como un nuevo Jesucristo, la visita al Vaticano parecía ineludible. Y así lo entendió el católico de origen cubano Marco Rubio, quien, de paso, le ganaba por la manga al otro católico más poderoso del gabinete de Trump, el vicepresidente JD Vance, tampoco muy afortunado aquellos días al salir en defensa de Trump atacando para ello al Papa. Las relaciones entre ambos ya estaban un poco tocadas desde que, siendo todavía cardenal, Prevost se permitiese darle una lección de teología desde X a cuenta del ordo amoris, después de que el novelista hiciese una interpretación de ese concepto teológico en clave MAGA. Los católicos y las elecciones de noviembre Rubio fue recibido en el Vaticano como si fuese un jefe de Estado. Y puede que acabe siéndolo tras las elecciones presidenciales del 7 de noviembre de 2028. Se juega la candidatura republicana con Vance, y esta audiencia con el Papa le ha puesto ligeramente en ventaja, a pesar de que el cubano aterrizó en Roma con otra carga de descalificaciones de Trump contra el Papa. “Está haciendo mucho daño a los católicos”, dijo. Rubio ya sabía entonces quién realmente se lo estaba haciendo al segundo grupo religioso más numeroso del país, con alrededor del 22 % de la ciudadanía. Las encuestas comienzan a mostrar tendencias preocupantes para el inquilino de la Casa Blanca, a reflejar que la mayoría de los adultos estadounidenses, de todos los estratos demográficos, está en profundo desacuerdo con sus críticas al Papa. El 57 % tenía una opinión negativa sobre esos comentarios, porcentaje que subió al 61% en el caso de los católicos, según los datos del sondeo realizado en la última semana de abril por The Washington Post, ABC News e Ipsos. En los católicos, los más indignados con el presidente son los latinos (el 71%), grupo demográfico que resultó clave en las elecciones de 2024 para la victoria del Partido Republicano. Pero el hartazgo de Trump empieza a ser transversal (menos en el universo MAGA, aunque también asoman críticas ahí), como muestra el rechazo del 80% de los adultos estadounidenses que consideraron de forma negativa la imagen que él mismo difundió presentándose a imagen de un Jesús que cuida a los enfermos, y que se vio obligado a retirar poco después ante la oleada de críticas desde varios sectores religiosos del país y más allá. Sus insultos al Papa le costaron incluso la crítica de su principal aliada en Europa, Giorgia Meloni, provocando la ruptura de su idilio político. Por el contrario, el 41% de los estadounidenses tiene una opinión mayoritariamente positiva de León XIV, frente al 16% que la tiene desfavorable (un 43% no tenía opinión o no respondió). Porcentaje que sube al 61% de los católicos (el 60% de los católicos blancos y el 59% de los católicos hispanos). Según la misma fuente demoscópica, dos tercios de los adultos estadounidenses y el 70% de los católicos están de acuerdo con el llamamiento que hizo el Papa en abril para que sus conciudadanos contactasen con sus representantes en el Congreso para hacer lobby e instarles a rechazar la guerra con Irán, práctica muy arraigada en la cultura democrática del país. Nuevo perfil de obispos La otra manera con la que el papa Prevost ha decidido confrontar con las políticas de deportaciones masivas de Trump es cambiando paulatinamente el perfil del episcopado estadounidense. De los 26 obispos que ha nombrado desde que fue elegido el Papa, 11 (el 42%) nacieron en el extranjero, la mayoría en América Latina. Uno de los casos más simbólicos es el del nuevo obispo de Wheeling-Charleston, en Virginia Occidental, un estado donde los inmigrantes latinos apenas representan el 2,4 % de la población. Sin embargo, será precisamente un inmigrante indocumentado —Evelio Menjivar-Ayala, nacido en El Salvador, el mismo país al que Trump deporta migrantes sin demasiadas garantías jurídicas— quien presida las celebraciones religiosas y defienda ahora a esa comunidad desde el púlpito. Tras tres intentos para entrar a Estados Unidos de manera irregular, finalmente lo consiguió a los 19 años, en el maletero del coche de un traficante de personas, que lo dejó en San Ysidro, cerca de Los Ángeles. Antes ya había sufrido dos expulsiones, una a México y otra a Guatemala. Con la tercera, en la década de los 90, acabó en una cárcel mexicana, de donde unos familiares lograron sacarle pagando un soborno. Evidentemente, no es el tipo de obispo ideal para el líder del movimiento MAGA. Opinión Como tampoco lo es el nuevo obispo de Palm Beach, que tiene jurisdicción canónica sobre Mar-a-Lago, donde Trump tiene su residencia de verano. Manuel de Jesús Rodríguez nació en la República Dominicana y consiguió la ciudadanía estadounidense en 2018. Son dos de los más recientes casos de nombramientos en donde el Papa quiere evidenciar, por un lado, que no se puede prescindir de una parte tan importante de la sociedad estadounidense. Pero también de que –a la manera que ya comenzara el papa Francisco– quiere cambiar el rostro de la Iglesia católica, con un episcopado hasta ahora mucho más combativo con un presidente católico, pero proabortista, como Joe Biden, que con quien prometió deportar a once millones de inmigrantes en situación irregular y separar a más de un millón de familias. Y eso pasa también por poner pastores que tengan una sensibilidad hacia esa nueva realidad social, como la del mismo Prevost, que palpó la miseria en Perú. O la del probable próximo cardenal de Nueva York, Ron Hicks, al que nombró hace unos meses para sustituir al cardenal Timothy Dolan, declarado protrumpista, y que fue antes misionero en El Salvador. “Aunque no soy hispano, latino, tengo un corazón latino y un amor gigante para la comunidad hispana", reconoce entusiasmado este arzobispo de 58 años, nacido, como Prevost, en los suburbios de Chicago. Un 4 de julio… en Lampedusa El próximo 4 de julio se conmemora el 250º aniversario de la independencia de Estados Unidos. Ese día Trump no podrá contar, como pretendía, con el primer papa estadounidense, quien eligió a conciencia precisamente esa jornada para trasladarse a la pequeña isla italiana de Lampedusa, principal punto de entrada de migrantes y refugiados a Europa desde el norte de África. El mismo lugar que, el pasado 8 de julio de 2013, recibió la primera visita del pontificado de Francisco. Quizás para entonces se pueda ver también el efecto en la Casa Blanca de la visita de Rubio al Vaticano. Como aspirante a suceder a Trump al frente del Partido Republicano de cara a 2028, el secretario de Estado sabe que el catolicismo tiene una gran relevancia en los Estados Unidos y él puede servir de nexo de unión con un electorado que ha comenzado a darles la espalda. Si consiguiese una llamada telefónica en torno al 4 de julio entre el de Nueva York y el de Chicago, o un mensaje del Papa a sus compatriotas, sería un signo muy bien recibido por millones de católicos que se han sentido profundamente molestos con su presidente. Y en el Vaticano, en la Terza Loggia, se trabaja con la posibilidad de que el Papa “no renunciaría” a una posible conversación con Trump. Además, el secretario de Estado se ha llevado de Roma la colaboración de la Iglesia para ayudar en la tarea de reconstrucción social cuando finalmente colapse lo que queda de la Cuba castrista. Lección de diplomacia vaticana. Con finezza.
Con la Iglesia hemos topado: Trump encuentra al único rival al que no puede avasallar
El Papa León XIV ha sido blanco de los ataques de Trump por sus críticas a la guerra en Irán, pero el líder religioso de una comunidad transnacional y multiétnica de 1.400 millones de personas no es un objetivo fácil






