�Puede una pel�cula decepcionar y fascinar al mismo tiempo? Y no nos referimos a las fascinantes decepciones (o, al rev�s, decepcionantes fascinaciones) de, por ejemplo, el �ltimo Coppola, sino a la posibilidad de que algo que aparentemente est� bien, quiz� impecable, a poco que uno lo analice se da cuenta de que no. Muy no.Fjord tiene todo lo que habitualmente ofrece el cine de Cristian Mungiu: escenas deslumbrantes --casi fant�sticas-- situadas estrat�gicamente, un calculado sentido del ritmo, una narraci�n quir�rgica lejos de cualquier didactismo, una utilizaci�n sabia y meditada de las herramientas del cine de g�nero y un acercamiento a los grandes dilemas morales respetando el corte de todas sus aristas. Pero hay trampa en todo esto de lo que tanto presume.De este modo, Fjord (fiordo), que puede pasar por la primera gran producci�n internacional del director de 4 meses, 3 semanas, 2 d�as, cuenta la historia de una familia profundamente religiosa compuesta por la pareja y cinco hijos en mitad de la Europa civilizadamente rica y perfecta de la muy laica Noruega. Ella es, en efecto, de ah� mismo (Renate Reinsve) y �l es rumano (al que da vida el rumano-estadounidense Sebastian Stan). Acaban de llegar a la tierra de promisi�n desde Ruman�a y, por ello, son emigrantes. Emigrantes pobres, para m�s se�as. Pronto son recibidos con todos los protocolos que facilita una sociedad con dinero suficiente para protocolizarlo todo, hasta el detalle m�s nimio. De repente, la hija adolescente llega al colegio con las marcas de unos golpes. Y, en efecto, se aplica el protocolo de rigor por si hubiera maltrato dom�stico.Lo que sigue es una especie de pesadilla con tintes de laberinto kafkiano donde el rigor a la hora de aplicar la tolerancia a machamartillo se descubre de repente como el m�s intolerante de los ejercicios. Mungiu ordena, tal y como nos tiene acostumbrados, los elementos de la trama de manera tan calculada y fr�a como hipn�tica. Y todo ello para poner en evidencia a una civilizaci�n ahogada en su propio progresismo, desarrollo y perfecci�n. Poco a poco, la pel�cula filtra la idea de que el sistema que Europa vive como aspiraci�n y utop�a --y que en los pa�ses n�rdicos puede pasar por realidad incluso--, en verdad esta viciado de origen. Cuando la comunidad (toda ella, desde la polic�a a los maestros pasando por la judicatura) intente aclarar que le pas� a la adolescente, su creo racional adquirir� la forma de simples prejuicios contra la educaci�n tradicional que quiere para sus hijos la devota familia. La moraleja (puesto que la hay) que se destila de la propuesta de Mungiu es preocupante, adem�s de falsa: el modelo progresista de ver el mundo acaba por antojarse como m�nimo tan intransigente como la propia intransigencia denunciada.Fjord se esfuerza en mantener el filo de la balanza justo en el centro. Y para ello hace un enorme esfuerzo de empat�a con la familia que considera que las relaciones homosexuales son pecado, que la familia tradicional es la que es (manzanas y peras, que dir�a aqu�lla) y que el castigo es la forma de enderezar los caminos que se desv�an. El problema (y aqu� una trampa indigna de la filmograf�a del director) es que para evitar eso que el tiempo ha dado en llamar manique�smo todo lo que aparece del otro lado es dibujado con trazos tan gruesos como oscuros. Y as�, vemos c�mo los polic�as se aprovechan de la impericia del padre en el idioma para hacer pasar por maltrato una bofetada; vemos que el fiscal es un tipo perverso en un racionalismo desaforado que para s� quisiera Descartes, y vemos que la asociaci�n que protege a los ni�os de las lesiones que puedan recibir de sus padre son poco menos que traficantes de infantes. Es decir, se nos quiere hacer ver de manera tan ambigua como impostada que el sistema es demasiado bueno, demasiado laico, demasiado progre y demasiado woke. Am�n.M�s all� de la impostura in�dita del director en el dibujo de los personajes, es cierto que el resto de las cualidades de su cine se mantienen intactas. Especial y maravillada relevancia cobran esas fugas fant�sticas que, directamente, sobrecogen. Y fascinan. Pese a ello, pese a lo que tanto admiramos de Mungiu, no queda otra que confesar la mucha perplejidad que provoca Fjord. Dcepcionante. Fascinantemente decepcionante. O al rev�s.Lea Seydoux y Niels Schneider en la presentaci�n de L'Inconnue" (The Unknown).OLIVIER CHASSIGNOLEAFPL'inconnue: La fantas�a se hace carne y nos roba el nosotros (****)A su lado, la secci�n oficial sorprendi� con el nuevo trabajo de un cineasta con una afici�n desusada a pisar todos los charcos. A Arthur Harari le hemos visto firmar guiones tan perfectos como Anatom�a de una ca�da, de Justine Trier, y como actor con nervio en cintas como El le�n duerme esta noche, de Nobuhiro Suwa, o El caso Goldman, de C�dric Kahn. Tambi�n le podemos seguir la pista como creador del c�mic junto a Lucas Harari del c�mic, El caso David Zimmerman (Astiberri), en el que est� basada la pel�cula. Y todo ello sin renunciar a dirigir pel�culas tan extravagantes e intensas como Onoda, 10.000 noches en la jungla (2021). Su nueva pel�cula es el mayor y m�s profundo de los charcos en los que se ha zambullido hasta la fecha; de hecho, y por seguir con el juego de intercambios de identidades de la cinta, el charco es �l mismo.L'inconnue o The Unknown (es decir, el desconocido) cuenta la historia de un fot�grafo (Niels Schneider) que un buen d�a se cruza con una mujer (L�a Seydoux) por la que siente de golpe una pasi�n fuera de norma. Hacen el amor (o se poseen uno al otro) y, de repente, �l se despierta en el cuerpo de ella y vicenversa. De otro modo, ella es �l y �l es ella. En la tradici�n critiana-plat�nica-cartesiana, podr�amos decir que intercambian las almas. Sin embargo, en la m�s moderna y carnal de un Sartre convencido de no poseemos un cuerpo sino que somos un cuerpo, la cosa se complica. Lo que se va de un lado a otro es el ser en su m�s absoluta radicalidad. En verdad, es una especie de ser sin nombre el que viaja entre las personas. El cambio de identidad es solo una consecuencia de esa extra�a transmutaci�n sexual.Con este punto de partida, Harari confecciona una f�bula tan alucinada como permanente perpleja donde el propio cine es convocado como el espejo donde las realidades, que no solo identidades, dan el cambiazo.L'inconnue es por su premisa ciencia-ficci�n, pero lo es sin renunciar a ser tambi�n drama de una existencia dividida, thriller sobre la b�squeda de un cuerpo perdido, laberinto, reflexi�n sobre lo somos por separado y exigencia de lo buenos que podr�amos ser juntos. La referencia a Bob Dylan que antes fue Robert Alan Zimmerman como el propio fot�grafo o la colecci�n de im�genes que realiza el fot�grafo sobre im�genes antiguas siempre detr�s de la identidad de los lugares son solo dos de las innumerables pistas que va dejando una pel�cula que tambi�n es acertijo, sue�o y revelaci�n. Arthur Harari, dec�amos, en su m�s sorprendente charco. El charco ahora es �l.
Fjord: Cristian Mungiu lleva la ambig�edad al l�mite de la impostura (***)
�Puede una pel�cula decepcionar y fascinar al mismo tiempo? Y no nos referimos a las fascinantes decepciones (o, al rev�s, decepcionantes fascinaciones) de, por ejemplo, el...














