La nueva película de Agnieszka Holland solo deja al espectador la posibilidad de la curiosidad y, a los conocedores de su obra, el desconcierto de la oportunidad perdida
Las películas libres, las que no se pliegan a las estructuras ni a las convenciones de la narración y la visualización, pueden encontrar dos caminos: uno, singular y apasionante, fluido pese a su riesgo, que es el de la verdadera transgresión; y otro, extraño y abstruso, pedregoso por falta de coherencia, que es el de la confusión. En su biografía cinematográfica sobre el escritor Franz Kafka, la veterana directora
itle="https://elpais.com/cultura/2023-10-22/agnieszka-holland-netayanhu-es-una-tragedia-para-israel.html" data-link-track-dtm="">Agnieszka Holland ha elegido la rotunda libertad narrativa. Pero le ha salido un totum revolutum sin cohesión alguna. Franz Kafka solo deja al espectador la posibilidad de la curiosidad y, a los más conocedores de su obra, el desconcierto de la oportunidad perdida. Algo que ya le ocurrió a la cineasta polaca en su pretenciosa y rimbombante traslación al cine del amor entre los poetas Paul Verlaine y Arthur Rimbaud: aquella Vidas al límite, hoy olvidada, protagonizada por David Thewlis y Leonardo DiCaprio en 1995.






