No hay nada en la concienciada película que me turbe o me distraiga. Incluso necesito que alguno de sus entusiasmados espectadores me cuente su argumento
El cine brasileño disfrutó en los años sesenta de esa cosita tan vistosa pero también efímera llamada moda. Y recuerdo haberme sentido impresionado (todavía era sensible a las críticas de cine y al nacimiento continuo de cinematografías exóticas que iban a revolucionarlo todo) por Dios y el diablo en la tierra del sol. Por si acaso, no he vuelto a verla, admitiendo su exotismo y su militancia. También recuerdo haberme aburrido notablemente con otras. Y después, en los...
años setenta, ese país sufrió una dictadura, tan asquerosa y salvaje como todas ellas, y consecuentemente también prohibió el cine que intentara hablar del estado de las cosas. Pero no pudieron anular la maravillosa música que se creaba en ese país. Ahí estarán para siempre las canciones de Caetano Veloso, Vinicius de Moraes, Chico Buarque, Antônio Carlos Jobim.
De las barbaries cotidianas que practicó esa dictadura hablaba hace poco tiempo la emotiva y sólida película brasileña Aún estoy aquí, dirigida por Walter Salles, narrando la historia de un tipo muy normal, padre y marido modélico, al que sin explicarle los motivos un día le piden que acuda a una comisaría, y del que su asustada y afligida familia y sus amigos no vuelven a tener noticias.






