Es normal que los iniciados (aunque lo sean mínimamente, sin militar exclusivamente en la cinefilia) se acerquen a las nuevas películas que ven con referencias sobre la obra anterior de los autores, esperando lo mejor, lo aceptable, lo mediocre o lo peor según sus particulares gustos. Y de vez en cuando aparece la sorpresa, positiva o negativa; directores de los que esperas todo realizan naderías y otros de los que no esperas algo consistente firman una película atractiva o incluso brillante.
Hubo mucho revuelo entre los amantes de vanguardias con el anterior trabajo del director Oliver Laxe, titulado O que arde. Me aburrió notablemente, aunque reconozco que había imágenes curiosas filmando llamas. Por lo tanto, me acerco a Sirât con prejuicios contrastados. Ya sé que le ha caído algún premio gordo en el festival de Cannes, pero como tuviera que fiarme de los galardones que conceden los certámenes se me quitarían las ganas en muchos casos de ir al cine.
En el arranque de Sirât se prolonga mi mosqueo. Un señor cuya hija ha desaparecido y de la que sospecha que es una presencia fija en las raves se propone encontrarla allí donde esté. Razonable por su parte y también su angustia. Lo que no entiendo es que se haga acompañar por su pequeño hijo en aventura tan peligrosa. ¿No tenía con quien dejarlo antes de afrontarlo al riesgo? Seguro que en Servicios Sociales le ofrecerían temporal refugio. Pero el muy irresponsable según mi escandalizada opinión se embarca con la criatura, a bordo de un coche destartalado, para recorrer parajes inquietantes, de una belleza que te puede aterrar, en los desiertos y en las montañas de Marruecos.






