Por algún misterioso prejuicio, los productores tienden a preferir historias más o menos fabuladas, a menudo sentimentalizadas hasta el delirio, cuando el mayor de los relatos puede estar en la subyugante historia real

Lo peor que sucede para mí con El cautivo es que se estropea la expectativa creíble y atractiva de la primera mitad de la película con el desarrollo casi exclusivamente erótico-amoroso de la trama homosexual de la segunda. No es un elemento secundario sino que es el lugar en el que todo desemboca: la historia que cuenta

ndro-amenabar/" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/noticias/alejandro-amenabar/" data-link-track-dtm="">Amenábar es la de un adulto maduro y tullido (pero encarnado por un joven casi efébico, y buen actor) que descubre en su cautiverio en Argel una homosexualidad reprimida que estalla en la relación con el amo de la cárcel (y gobernador de Argel) en la que está preso. Sus dotes de cuentacuentos improvisado ante una audiencia semiinfantilizada atraen al bajá —guapo de morirse, por cierto— y allí te ves a Cervantes liándose con impostada artificiosidad en el hamam con su señor y entreteniéndole con sus cuentos (inspirados en relatos reales de Cervantes, como buena parte de la subtrama de la película adapta la historia del cautivo de la primera mitad del Quijote: todos hemos creído en una vaga inspiración autobiográfica de ese episodio).