Tras un ingenioso giro inicial, llega una historia claustrofóbica, un culebrón excesivo y un tanto desquiciado lleno de personajes a los que abofetearías para que espabilen y otros a los que desearías matar

El refugio atómico nos ha engañado. Aquí no vamos a desvelar cuál es el truco, cuál es el giro en el que se sustenta todo el andamiaje que han montado los guionistas

ias/alejandro-pina/" data-link-track-dtm="">Álex Pina y Esther Martínez Lobato (La casa de papel, Berlín), creadores de la serie que Netflix estrena el 19 de septiembre. Es mejor no saberlo. Ese ingenioso giro es lo mejor de El refugio atómico, y ese es su gran problema. A partir del segundo episodio, cuando se explica el asunto, viene una historia claustrofóbica, un culebrón excesivo y un tanto desquiciado lleno de personajes a los que abofetearías para que espabilen y otros a los que desearías matar. Y todos encerrados en un búnker, así que no queda más remedio que convivir con ellos durante los ocho episodios que dura esta primera temporada. Y decimos primera porque todo queda preparado para que haya una continuación.

La apuesta de Netflix por El refugio atómico es de las grandes. Diego Ávalos, vicepresidente de Contenidos de Netflix en España, dijo a este periódico que “no ha habido una serie tan ambiciosa en la historia de España”. Es posible que la ambición exista, pero el resultado esconde esa ambición detrás de una trama que pronto empieza a recordar a recientes glorias de la ficción televisiva española, una apuesta visual llamativa pero que no llega a brillar y unos personajes tan extremos que cuesta dejarse llevar de su mano.