Cuando Alejandro Amenábar salía en volandas de los aplausos, al final del estreno de

="noreferrer" title="https://elpais.com/cultura/cine/2025-09-12/el-cautivo-desconcertado-aunque-indiferente-ante-el-cautiverio-de-cervantes.html" data-link-track-dtm="">El cautivo, había en su semblante, incluso en su boca, en todo su cuerpo, quizá, como un escalofrío. Lo primero, los ojos. Parecía que Amenábar estaba poseído por el porvenir de la noche, de los días que vendrían después de una exhibición tan potente de cine e historia como aquella que entregaba por primera vez a los que juzgarían los resultados de su esfuerzo.

Fue un celaje; él se abría pasó entre las multitudes que lo abrazaban y se fue a sentar con sus amigos de la zona central de las butacas. Era como si en el asiento se quedaran su susto y su incertidumbre y fuera el otro quien llevara su nombre en medio del rumor intenso de los aplausos.

En todo caso, la ovación fue inmensa y tanto el que mostraba susto como el que saludaba los agasajos podían esperar que la noche trajera también un veredicto feliz, un aplauso de papel, una palmada.

Ha habido de todo, después de la gran noche de Amenábar… y de Cervantes. Críticas, hipercríticas, dudas, certezas y melancolía. En algunos casos ha parecido como si los espectadores de ahora, críticos o no, estuvieran buscando en la biografía secreta de Cervantes argumentos para tachar el guion, o las convicciones literarias, del autor del filme.