Hace muy poco tiempo, en alguna de nuestras últimas cenas, sentí la necesidad de confesarte cómo me enamoré de ti en esa maravilla de película llamada Arrebato, al verte subir en un diminuto ascensor y ensayar en su interior, con la furia contenida de un felino encerrado, qué frases ibas a decirle a tu amante para echarla de tu casa.

Me miraste incómodo —nunca te gustaron los halagos ni la nostalgia— aunque te atreviste a corregirme las frases que estaba mencionando; no estaba recordando el texto de esa secuencia en el ascensor con exactitud. Y repetiste con un extraño brillo en los ojos: “Te vas ahora mismo, me da igual… ¡Te vas ahora mismo, me da igual!”.

Aquella secuencia y esas frases inauguraron mi idilio contigo, allá por los años ochenta, cuando tan solo tenía veintipocos años. Y como todas las buenas historias de amor, tuvo momentos de cercanía y momentos de distancia.

Creo que nunca te conté que en aquellos años vibrantes de la Movida, cuando aún no te conocía, te observaba con estudiado disimulo algunas veces que coincidíamos de madrugada en el Vips de la Plaza de los Cubos de Madrid. Especialmente cuando cogías una revista o un libro y te ponías a devorarlo en silencio. Mirarte era espiar a un misterioso vampiro que se alimenta no solo de sangre, o a un príncipe que se ha escapado de palacio y quiere perderse en otra vida.