La actriz Susana Abaitua (‘Patria’, ‘Un fantasma en la batalla’) recuerda a Adolfo Fernández, que le dio su primer papel en Madrid y se convirtió en su mentor
Es difícil escribir y describir lo que ocurre cuando alguien a quien quieres tanto y admiras tanto se va. También pensar que estas palabras sean públicas, por un lado, resuena raro en mí. Una parte desea que Adolfo se haga eterno y que todo el mundo lo recuerde, y otra se quiere reservar esa emoción para las sábanas y mis más queridos. Me lo quiero tomar como un homenaje a mi grandísimo Adolfo.
Querido Adolfo: empiezo con lo más importante y palpable que me pudiste entregar: la profesión. Esa niña que llegó a Madrid con 18 años y a la que no dudaste en proponerle su primer papel en teatro. ¡En el CDN! No me lo podía creer… Tu única duda era que tenía que arrancar la función cantando. Siempre eres tú el encargado de contar esta anécdota y me encanta ver cómo la exageras y cómo te meas de risa narrándola. Ahora me toca a mí contarla y decir que lo primero que te dije es que mis tíos son los del Consorcio y Mocedades, así que ¡por supuesto que sabía cantar! (no tenía ni idea).
También recuerdo aquel día en la sala de ensayos en que me sentaste en un taburete y me dijiste: “Olvídate de todo. Aquí, sentada, cara a cara, cuéntame este monólogo. No lo proyectes, solo cuéntamelo”. Temblando te lo conté y vi el orgullo en tus ojos. Vi que te gustaba mi verdad trabajando y que me querías en tu equipo.






