El cobre es una de las víctimas colaterales de la guerra de Oriente Medio. El conflicto está agravando las tensiones en el mercado de una pieza esencial para los negocios más prometedores de los próximos años, como la revolución digital y la transición energética.En el mundo de antes de la IA, de los conflictos globales y del cambio climático, la teoría económica clásica decía lo siguiente: cuando sube el petróleo, se incrementa el coste energético, la producción industrial es más cara, el consumo y la inversión se moderan, se reduce la demanda del cobre –metal de la industria por excelencia– y cae su precio.Sin embargo, este discurso ha dejado de tener vigencia. El cobre ha alcanzado estos días un nuevo máximo histórico, cerca de los 14.000 dólares por tonelada en la Bolsa de Londres (6,50 dólares la libra en Nueva York). Una subida del 27% en tres semanas en medio de la mayor crisis energética en 50 años. Porque, aunque el petróleo suba y enfríe parte de la economía, los planes de inversión de las redes eléctricas, renovables, baterías, vehículos eléctricos y centros de datos siguen adelante. Según Mining.com, estas áreas representarán el 45% de la demanda industrial de cobre para el 2040, cuando ahora son el 32%. Gobiernos, eléctricas y grandes corporaciones tienen compromisos de inversión a varios años, ligados a objetivos climáticos, de seguridad energética y de competitividad.Además, el conflicto en Oriente Medio ha renovado el interés por librarse de las energías fósiles (como aquellas procedentes de Ormuz) a favor de la electrificación y la necesidad de poner en marcha una autonomía estratégica en el sector de defensa. En el sector militar, el consumo de cobre crecerá en las próximas décadas a un ritmo del 7% anual.No son solo los tanques y los misiles. Son los enjambres de drones, la tecnología de comunicaciones (5G y 6G), los cables de fibra óptica, la impresión 3D de los drones. Solo este año, Ucrania producirá cerca de 10 millones de drones (no solo aéreos, también marinos y terrestres).El sector de la defensa impulsa la demanda, pero la oferta está estancada, y ahora hay carencia de azufreSin embargo, y aquí está el otro lado de la moneda (de cobre...): la oferta no da abasto. Cuando el petróleo encarece los costes, la minería paga más energía, más diésel, más transporte, de manera que no se genera de inmediato nueva oferta. A esto hay que añadir otra consecuencia de la guerra en Oriente Medio: el deterioro de la producción y exportación de azufre, un elemento fundamental para la producción de ácido sulfúrico y este, a su vez, de cobre.La coyuntura tampoco juega a favor. En estos momentos hay dificultades en dos centros de producción clave. La mina de Grasberg en Indonesia (el 3% de la producción mundial, la segunda mayor del mundo) está tardando más de lo previsto en volver a operar con normalidad tras un accidente. Y el gigante chileno Codelco tiene que enfrentarse a problemas de gestión, deuda, envejecimiento de la mina y crónica falta de inversiones. Lleva tres años con la producción estancada, y este trimestre su extracción ha bajado al mínimo del siglo.“Cuando hablamos de cobre, ya no es un tema de precio, sino de accesibilidad”, explica Amanda van Dyke, de Critical Minerals Hub. Cada vez hay que mover más roca para conseguir la misma cantidad de metal porque el mineral que queda para extraer es cada vez más pobre, y esto supone incrementar el coste del capital. Como resultado, de las diez mayores firmas mineras mundiales del sector, siete extrajeron menos cobre de lo que habían previsto para el año 2025. El déficit amenaza con ser permanente.“Las proyecciones de consumo indican que solo entre el 2025 y el 2050 vamos a necesitar otros 700-900 millones de toneladas adicionales de cobre. Aproximadamente la misma cantidad que hemos extraído en toda nuestra historia, pero comprimida en apenas 25 años”, señala Arnoldus van der Kurk, de r4mining. com. En poco más de dos décadas, hay que sacar el equivalente de los 125 anteriores. ¿Es posible?“La cadena minera –desde el descubrimiento hasta la mina en producción– tendría que funcionar, en promedio, unas 400-430 veces más rápido que en los tiempos actuales”, dice este experto.La cadena minera ahora debería acelerar sus plazos actuales y pasar de años a díasSegún sus cálculos, desde encontrar un yacimiento hasta la puesta en producción en promedio se tarda 20 años. Para cumplir con las exigencias ahora habría que acortar este plazo al equivalente a 17 días. Si poner en marcha una licitación tarda tres años, la concesión debería resolverse al cabo de tres días. Si para obtener una licencia se suele esperar siete años, ese tiempo se deberá comprimir a seis días. Y si para lograr financiación acostumbran a pasar dos años, ahora habría que conseguirla en dos días. “Si la transición energética, digital y de seguridad se apoya en cobre, hoy estamos intentando hacerla con tortugas. La pregunta no es si necesitamos avestruces, sino quién se atreverá a ponerlos a correr en la dirección oportuna”, concluye.En La Vanguardia desde el 2000. Especializado en Economía internacional, ha cubierto como enviado el Foro Económico de Davos, la OMC o el BCE. Licenciado en Derecho en Roma, Master en Periodismo UB/, PDD del IESE. Premio AECOC.
La guerra de Irán agrava el déficit de cobre y dispara su precio a máximos
En los próximos 25 años habrá que extraer las misma cantidad que en los últimos 125













