Cuando, a finales de los ochenta, un sobrecogido Thomas Houseago entró por primera vez al Museo del Prado, “solo era un chico de Leeds”. Por entonces tenía 16 años y se embarcó en un “peregrinaje” que le llevó a apostarse frente a Picasso y el Guernica y, sobre todo, ante las pinturas negras de Goya. “La sala estaba atestada, pero aun así me tocaron, me llegaron al alma”, recuerda el artista británico (1972), vivaz, pletórico y excepcionalmente generoso en su discurso, que describe aquel hallazgo como “una experiencia muy punk”. El periplo que emprendió en busca de esa cualidad transformadora, casi mágica, del arte que detectó en la obra del aragonés —su capacidad de revelar nuestra humanidad compartida por medio de una “interpretación personal de los mitos y las historias”— le ha devuelto a la pinacoteca y los 14 murales siniestros y fascinantes que atesora. Esta vez, desplegados solo para sus ojos y los de su hermana. “Tengo la mente alucinada, es casi como si estuviera con psicodélicos”, bromeaba después de la visita. Houseago ha regresado a Madrid cuatro décadas después de su viaje iniciático para celebrar la inauguración de su primera exposición en España, Thomas Houseago. Esculturas, una selección de siete piezas monumentales comisariada por Anne Pontégnie e instalada en los recién reabiertos jardines de Banca March, un oasis en plena floración encajado en el corazón de la ciudad. El chico de Leeds creció y estudió en la Central Saint Martins de Londres y en De Ateliers en Ámsterdam, residió en Bruselas y desde 2004 se encuentra afincado en Los Ángeles, donde se codea con superestrellas como Brad Pitt y Leonardo DiCaprio —son amigos— y ha conseguido que su nombre resuene en el canon de la escultura contemporánea. “[De Madrid] volví convertido en alguien diferente”, explica. “Y ahora que he visto de lo que soy capaz, sé que tenía una misión: traer la magia, las historias, hacer esas conexiones, por absurdas que resulten”. Al cambiar el norte de Inglaterra por California, Houseago no solo dejó atrás la niebla por el sol, el barrio obrero por el glamur de Hollywood. “Crecí con conciencia de clase: en los setenta y ochenta nos llamaban cerdos, éramos como ganado, la basura del país”, narra. “Y en medio de aquel abandono yo sufrí abusos, algo que se consideraba normal y nadie daba importancia”. Él mismo no llegó a apreciar la magnitud de lo que había vivido hasta 2019, cuando un hermano suyo le reveló que un familiar había abusado de él cuando era un bebé, violaciones que se repitieron en su adolescencia. Entonces, casi literalmente, se rompió. “Aquello me robó el alma, se llevó mi capacidad de ser feliz”, confiesa. Pasó una temporada en un centro de rehabilitación en Arizona para tratar una depresión nerviosa galopante y se planteó reconducir su carrera hacia el trabajo social y la salud mental. Pero el especialista en trauma que le atendía, Danny Smith, ya fallecido, le convenció de que su camino estaba en el arte: “Yo pensaba: ¿a quién ayuda esto? Pero él me hizo darme cuenta de que es un portal de acceso”. En Madrid, ese umbral se abre a un microcosmos que, como el artista reconoce, no posee aspiraciones de belleza o virtuosismo en sentido clásico, pero sí de trazar vínculos con el arte que le precede y el que está por venir. Large Walking Figure I (Leeds) (2013), el coloso que inicia el recorrido, emerge desfigurado de las aguas de un estanque. Sus enormes pies apenas le sostienen, la espalda encorvada y hueca, toda ella una herida abierta. Transmite una sensación de abatimiento que comparten Janus (Mirror Figure) (2025) y Moon Figure (2010), personajes masculinos atávicos, solos y desnudos, tristes figuras vigorosas y a la vez fantasmales. Colocado en posición de reposo, Aluminum Construction Nº 1 (Giant) (2008) parece, al contrario, una amenaza en ciernes, una bestia agotada; mientras que Classical Head I (2010), Venice Head (Cave II) (2010) y Cave/Rock Head III (2011), de su serie de cabezas en pedestales, desdibujan sus rasgos, apenas esbozados o directamente vacíos, para rozar la abstracción en una evocación de los antiguos ídolos, objetos venerables que transmitían mensajes de poder y espiritualidad. “Fui víctima de abusos y sobreviví. Quiero decirles a otros que no están solos. Y quiero animar a los jóvenes artistas”Realizadas con diversos materiales y técnicas, desde lo artesanal a lo industrial, todas las esculturas coinciden en un cierto tono de irracionalidad, una suerte de animalidad pulsante. Dejan ver las hechuras, las exhiben; convierten aquello que se suele ocultar no tanto en motivo de orgullo como prueba de vida. “Esta muestra me hace sentir incómodo, avergonzado”, reconoce. “Pero mi equipo, mi hermana y mi pareja me convencieron de que era importante hacerla”. Esa confianza en su labor, agrega, tiene una doble vertiente: “Mi recuperación del trauma y ayudar a otros. Fui víctima de abusos y sobreviví. Quiero decirles a otros que no están solos. Y quiero animar a los jóvenes artistas: la escultura es difícil, pero posible, y puede cambiar el mundo”. Lejos de la ingenuidad, lo afirma desde la experiencia. “¿Ves cómo se repiten los ciclos del trauma en el mundo, en Gaza, en Ucrania, en Sudán…? Intento recordar a la gente que vive en un cuerpo, que forma parte de una historia más grande. Y esa historia es política, personal, psicológica, terapéutica. ¿Vas a ser alguien que sane? Porque si no sanas, normalmente haces que otra persona tenga que sanar”. En ese sentido, la escultura le ha proporcionado a Houseago un medio con el que trabajar holísticamente el cuerpo y la mente. “Además, ocupa espacio en un mundo que no nos lo da. Es una forma de resistir”, dice el artista, con otra muestra abierta en Miami, en el Rubell Museum. “A veces la gente me pregunta: ‘¿Por qué dejas tus obras inacabadas? Y yo digo: porque quiero que las termines”, añade. “Y en España, he visto una reacción increíble con eso. En Inglaterra hay veces que te dicen: ‘No la quiero terminar’, y en Estados Unidos es más bien: ‘Pues termínala’. Sin embargo, en España el público ha respondido en plan: ‘Ah, vale, lo entiendo”. Tanto le ha satisfecho su paso por España a Houseago que se plantea la posibilidad de rectificar su sueño de crear un jardín escultórico en Estados Unidos. “[Aquel país] es un lugar muy tenso. Hay demasiada violencia en el aire y se ha creado un sistema sonámbulo, donde se consume esta seducción del entretenimiento, el pico de cortisol”, lamenta. “Cuando muera, me gustaría dejar un pequeño rincón con mi propio mundo. Y ahora, de verdad, estoy pensando hacerlo en España. No estoy de broma: voy a empezar a buscar propiedades esta misma semana”. Thomas Houseago. Esculturas. Jardines Banca March. Madrid. Hasta el 30 de octubre.
Thomas Houseago, escultor: “Si no sanas, normalmente haces que otra persona tenga que sanar”
La escultura desnuda y salvaje del británico afincado en Los Ángeles remite a un tiempo en que el arte poseía una cualidad casi mágica, terapéutica. Expuesta en Madrid, para él ha supuesto una salida a una depresión nerviosa provocada por los abusos que sufrió en la infancia






