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La buena noticiaLa Ascensión recuerda que la última palabra no la tienen las estructuras de muerte protegidas por “paredes” de impunidad desde las cortes.

Celebrar la Ascensión del Señor en el contexto guatemalteco es proclamar, en medio de tantas heridas históricas y sufrimientos sociales, que Dios no ha abandonado a su pueblo. Cristo asciende al Padre, pero no se desentiende de la humanidad; al contrario, permanece caminando con las comunidades que luchan diariamente por la vida, la justicia, la dignidad y el desarrollo humano integral y sostenible.

En Guatemala, donde muchas familias viven marcadas por la pobreza extrema, la migración forzada ahora criminalizada, la violencia de los grupos criminales, la corrupción en las instituciones del Estado, la impunidad en el sistema de justicia y la exclusión de los pueblos indígenas y campesinos, de obreros y jóvenes, la Ascensión se convierte en una solemnidad profundamente esperanzadora. Jesús glorificado lleva consigo nuestra humanidad herida. Él presenta ante el Padre el dolor de las madres que lloran a sus hijos migrantes o asesinados por las maras, el cansancio de los campesinos olvidados y empobrecidos, la incertidumbre de los jóvenes sin oportunidades y atrapados por las redes de narcotraficantes y el clamor de tantas comunidades que resisten el abandono, al despojo de sus tierras y la desigualdad.