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Rincón de PetulHoy toma posesión un nuevo fiscal general en Guatemala.

Un hombre yacía tirado boca abajo, nariz a la banqueta, afuera de la puerta abierta de una tienda en la zona 16. La gente caminaba. Le caminaba a la par y hacia un lado; por encima y alrededor. Fue el domingo pasado a las tres y la calle estaba ocupada. Yo pasé en carro, también, no habiéndolo notado en un principio. “Ala, miren a ese bolo”, dijo alguien adentro del carro, como lo habrá dicho ese padre que pasaba a su par, de la mano de su hija.

El bolo estaba inerte, en una posición todo menos natural. Sus extremidades desacomodadas, como desacomodado cae el cuerpo por cuyas venas ya no corre vida. Pero había brochazos que desencajaban esa escena con lo más común. Su ropa, en realidad, se veía limpia y funcional. No era la de un vagabundo. Y los zapatos, ninguno de los dos faltaba, estaban también enteros. Parecían, de hecho, de gamuza. Aun, la gente —nosotros en el carro incluidos— igual transitamos a su par. Cada quien en lo suyo. Cada quien, normal. Pocos minutos después, el hombre quedó olvidado. Seguramente, nadie ahí era un villano. Solo obedecíamos un código social que es ya propio. Que es tácito, pero cierto: la vida aquí vale tan poco, que un cuerpo tirado, entre la vida y la muerte, no es más que paisaje momentáneo.