La economía política internacional es una disciplina poco conocida en España que se sitúa en la intersección entre la economía internacional y las relaciones internacionales. No se limita a analizar flujos comerciales, financieros o productivos, sino que los interpreta como expresiones de poder. En este sentido, su objeto central no es únicamente cómo funciona la economía global, sino quién se beneficia de ella y en qué condiciones. Desde esta perspectiva, la pregunta fundamental no es técnica, sino política. Como señalaba Susan Strange, considerada la madrina de la Economía Política Internacional, toda estructura económica internacional remite, en última instancia, a una cuestión esencial: ¿cui bono? ¿Quién gana y quién pierde? Este enfoque desplaza el análisis desde la eficiencia hacia la distribución, desde los equilibrios de mercado hacia las asimetrías de poder que los configuran. Si la economía política internacional trata, en última instancia, de identificar quién gana y quién pierde en el sistema global, entonces resulta imprescindible observar cómo están cambiando las estructuras que distribuyen ese poder. En las últimas décadas, la economía mundial está experimentando una serie de desplazamientos profundos que están reconfigurando sus equilibrios internos. El primero de estos desplazamientos es de naturaleza geoeconómica. El ascenso de China, junto a otras economías emergentes, ha alterado de forma sustancial la distribución del poder económico global. Sin implicar un colapso inmediato de la primacía estadounidense, sí introduce una dinámica de competencia estructural que erosiona su capacidad de liderazgo. El sistema internacional evoluciona así hacia una configuración más fragmentada y multipolar, donde la interdependencia económica convive con la rivalidad geopolítica. El segundo desplazamiento es tecnológico. La revolución digital, desde la expansión de internet hasta el desarrollo de la inteligencia artificial, está transformando los fundamentos mismos de la actividad económica y social. Las plataformas digitales, la automatización y la robotización no solo modifican los procesos productivos, sino que reconfiguran el empleo, la competencia y la concentración del poder económico en torno a nuevos actores. El tercer desplazamiento es distributivo. La etapa de hiperglobalización iniciada en los años noventa generó crecimiento agregado, pero también profundas asimetrías. Hubo convergencia entre países en términos de renta y poder adquisitivo, pero divergencia dentro de ellos, especialmente en las economías avanzadas. La crisis financiera de 2008 y, más recientemente, la pandemia, han acentuado estas brechas. El resultado es una percepción creciente de desigualdad que no solo tiene implicaciones económicas, sino también políticas. La distancia entre las élites y amplias capas de la población se ha ampliado, alimentando un malestar cada vez más visible. Opinión TE PUEDE INTERESAR Así pasó Trump de populista a neocón Ramón González Férriz El cuarto desplazamiento es demográfico y político. Los flujos migratorioshacia Estados Unidos y Europa responden a desequilibrios estructurales, pero sus efectos se manifiestan con especial intensidad en el ámbito interno de las sociedades receptoras. La inmigración se ha convertido en un eje central de la polarización política, alimentando tensiones identitarias y cuestionando consensos previos. Aquí confluyen lo micro y lo macro: muchos ciudadanos del norte global perciben que pierden posición tanto en sus entornos inmediatos como en el sistema internacional. Ya no se trata solo de Estados Unidos, y sus aliados, Europa, Japón y Corea del Sur, sino de un mundo en el que ganan peso China, India, Arabia Saudí o Brasil. Es decir, "el otro". El quinto desplazamiento afecta al mercado laboral y a la estructura social. La incorporación masiva de la mujer al empleo desde los años ochenta ha transformado profundamente las economías avanzadas. Este proceso ha coincidido con la pérdida de posiciones relativas de los trabajadores menos cualificados, especialmente hombres, generando nuevas fracturas sociales que se entrecruzan con las derivadas de la globalización y el cambio tecnológico. Muchos de estos hombres no solo han perdido su empleo, sino también su estatus como principales proveedores, en un contexto en el que las economías de servicios tienden a favorecer perfiles laborales más propicios para la mujer. El sexto desplazamiento es energético. La transición desde los combustibles fósiles hacia fuentes renovables y la electrificación de las economías no solo responde a imperativos medioambientales, sino que tiene implicaciones directas sobre la geopolítica y la organización de la producción. Este proceso redefine dependencias, crea nuevas oportunidades y altera el equilibrio entre ganadores y perdedores a escala global. La agresividad rusa tiene parte de su origen en este cambio radical. Como ha señalado Adam Tooze, mientras Estados Unidos apuesta por reforzar su posición como potencia de combustibles fósiles, China busca consolidarse como potencia electrificada. En conjunto, estos seis desplazamientos no constituyen tendencias aisladas, sino transformaciones interrelacionadas que están reconfigurando la economía política internacional. No se trata únicamente de cambios en variables económicas o tecnológicas, sino de una redistribución más profunda del poder en el sistema global. Se solapan, se refuerzan y, en ocasiones, se contradicen, generando un entorno más complejo, incierto y, en muchos aspectos, más conflictivo. En este contexto, la posición relativa de los países adquiere una importancia renovada. Y, en este sentido, España no parte de una situación desfavorable. Más bien al contrario, presenta algunos elementos que le permiten navegar estos desplazamientos con cierta ventaja comparativa. En el plano geoeconómico, su inserción internacional la sitúa como un puente potencial entre distintos espacios: entre Europa, América Latina y África, entre el eje transatlántico y un orden global cada vez más abierto a lo que cabría denominar un Sur global más plural. Esta posición intermedia, si se articula estratégicamente, puede convertirse en un actor relevante. España, además, cuenta con una mayor empatía cultural a muchos de estos países que otros socios europeos, lo que puede ser una ventaja tanto en el ámbito económico como diplomático. Opinión En el ámbito tecnológico, el grado de digitalización de la economía española ha avanzado de forma significativa en los últimos años, apoyado en parte por los fondos europeos. Del mismo modo, la transición energética constituye uno de los ámbitos donde España presenta mayores fortalezas relativas, tanto por recursos naturales como humanos, y por su capacidad de atracción de inversión. Sobre esta base, debería ser posible modernizar y reforzar su tejido industrial y tecnológico. A ello se suma una transformación social relevante. La incorporación de la mujer al mercado laboral y a posiciones de responsabilidad en la empresa y la política ha avanzado de forma notable, aunque aún no sea plenamente paritaria. Al mismo tiempo, en comparación con otros países europeos, España ha mantenido hasta ahora un enfoque relativamente abierto hacia la inmigración, pese a la creciente presión política en este ámbito, lo que ha contribuido al crecimiento y al dinamismo económico. No obstante, estas fortalezas conviven con vulnerabilidades persistentes. La desigualdad sigue siendo elevada, los sistemas de educación y sanidad requieren reformas, y el acceso a la viviendas se ha convertido en uno de los principales factores de exclusión, especialmente para los jóvenes. Aunque algunos indicadores han mejorado en los últimos años, el reto de la cohesión social sigue siendo considerable. En definitiva, España no es ajena a los grandes desplazamientos de la economía política internacional, pero tampoco está condenada a ser un actor pasivo, como ocurrió en anteriores revoluciones tecnológicas y sociales. Su posición intermedia, sus avances recientes y sus capacidades estructurales le otorgan cierto margen para influir en su entorno. La clave está en lograr un mayor consenso y continuidad en las políticas públicas, y en la cooperación entre el sector público y el privado, y seguir avanzando en la integración europea, para que esas potencialidades se conviertan en fortalezas. *Miguel Otero Iglesias, investigador principal en el Real Instituto Elcano y profesor y director de investigación en la IE University.